CONFESIONES DE

UN BUITRE URBANO

(Fragmento)

 

Yo, mire usté, me llamo Rafael Sánchez, aunque todos me llaman Rafa "El Pelusa", vaya usté a saber por qué. Porque no soy torpe, ni inútil, ni pequeñajo, ni juego al fútbol como Maradona. Soy un menda normal, de treinta y pocos tacos, que se gana la vidorra como puede y que víe en una gran reonda, pongamos que hablo de Madrí, como dice el Sabina. Y, mire usté, que la vida lo ha tratado a uno mu mal y uno ha tenido que hacer de todo para sobrevivir en medio de tantas mardades como hay en el mundo. Y no es que uno sea un santuno, no, yo soy un tío como todos, con mis virtudes y defectos, pero tampoco me he merecido haber visitado la trena en dos ocasiones y que después nadie te quiera dar curreo. No lo digo esto para justificarme, no tengo nada malo que esconder, lo que pasa es que uno se ha tenido que meter en asuntos y malabarismos que al menda no le gustaban, pero es que el hambre, troncos, es mala consejera.

Yo vivo en una mesuna de mala muerte en Vallecas, que aforo como puedo, porque hay que considerar que doña Paca tiene conmigo una paciencia que no gasta con los demás; claro que sus razones tiene y no es momento, ni lugar, ni papelo, de ahondar más en esto. Pero sí, le pago cuando puedo, a veces con muchos mesetres de retraso. Eso sí, lo que me da tampoco es mucho: un habitáculo techón y un charó caliente al medio día (si aparezco). Allí viven algunos huéspedes más, fijos, que desaprueban con su despreciadas recaladas los movimientos de vuestro humilde narrador, no sé bien por qué, ya que yo no me meto para nada en sus vidas. A lo mejor es que mi pinta macarrona no encaja con su estética novechentista. ¡Cago en...! Bueno, dejémoslo.

¿Por dónde iba? ¡Ah, estaba contando algo de mi vida! ¿Qué más? Bueno, que soy soltero, ¿lo habían adivinado, verdad?, que tengo viejos y chorba en Fresnedilla del Campo, que me esperan llegar con fortuna y buena quimera, porque yo me vine a la capitala a hacer pastón, porque si no, ¿qué coño hago yo entre tanto mariches y falsilleros? Sin embargo, hacer fortuna aquí es más difícil que meter en el talego a un políticastro corrupto. Y no es que no lo haya intentado, me paso todo el día haciéndolo: es que la bacalá se me escapa cuando estoy muy cerca de conseguirla. Si yo os contara las veces en que he estado a punto de arreglar mi vida, bien sea enganchándome a una gachona millonaria, vendiendo mandanga o haciendo la rata a un incauto. Lo que pasa es que algo inesperado se entromete y rompe el asunto. ¿Qué se le va a hacer? Algún día será el gran día.

Aquí tengo buenos troncos en el barrio, que ya os iré presentando, y algunas titis muy sabrosonas y calenturientas, que alegran, de vez en cuando, la triste vida de vuestro narrante. Pero nos os penséis que vivo bien e irresponsablemente; todos los días salgo a hacer la vida, a buscarme algo para convertirme en un hombre decente y poder volver a mi pueblo con un Mercedes último modelo, sentar cabeza con la Manoli, mi chochita, y sentirme el gachó más admirado de allí. Hasta puedo llegar a alcalde porque cuando tenga dinero cualquier partido se fija en uno. Ahora me gustan los rojeras, porque llevan más la contraria a los ricachos, pero cuando me haga un hombre decente, a lo mejor estoy mejor en un partido cristiano y de derechas, que por algo tienen también muy buena sonada.

¿Qué más os digo?

– Al grano, Pelusa.

Vale, vale, ya me arranco. Resulta que una noche estaba yo en el bar del Coco, cuando, alborotadamente, como si no hubiese que respetar la paz de las personas decentes que descansan, saciando su sed, después de una jornada agotadora currando, apareció la pestañí, abriendo violentamente la puerta y ocupando todo el bar. ¿Qué coño querían?

– ¡A ver, no se me mueva nadie! ¡Vamos a quedarnos quietecitos todos y todas! ¡Es cosa de un minuto! – gritó un seboso que parecía ser el brujeras del grupo.

– ¡Identificación! ¡A ver: carnets! ¡Las mujeres también!

Menos mal que vuestro curri tenía el cartono en el bolsillo porque lo había necesitado ese día para ir a buscar un curreo de guardia de seguridad, aunque, sé que lo sentís, yo también, no me lo dieron, porque dijeron que yo no tenía el gradúo escolar.

– ¿Y tú? ¿Eres el chulo del barrio? – el sardo se dirigía al pobre Tobías, que no tenía el carné ese.

– Yo... yo... lo he dejado en casa – balbuceaba el mendigo.

– ¡Cómo! ¡A la furgoneta con él!

A empujones y en volandas le sacaron del local.

– Bueno, bueno... parece que es verdad, – ahora miraba a una gachí lagrimera que suplicaba por su olvido y que estaba con su pestaña, un tipo enlacado y fragante – pero que no vuelva a suceder. Como te avala este joven, que se ve serio, y en vista de que soy comprensivo, te perdono el desliz y no te llevaré a identificarte a comisaría.

La titi agradeció la generosidad poniéndo sus bellas datileras sobre las manazas del ogro de los maderos.

Y fue después de este episodio cuando se dirigió a vuestro cándido relatador, puso una careta seria, a la que yo estaba ya acostumbrado, por desgracia para mí, menospreció mi cartono identificativo y masculló:

– Tate, tate, tate... aquí hay tomate.

Salió apresuradamente del bar y volvió al instante con otro madero gabardinoso y sin plaquetas, que sería, posiblemente, su superior. Éste, sin decir una palabra se dirigió a mis mendas, me miró escrutadamente, se volvió al ogro y le dijo:

– Sí, puede ser.

¡Oh, que nefasta palabrería! ¡Qué atropello infame! Olvidáronse de los cartonos de la basca, vinieron dos golondros  y me dijeron que tenían que acompañarlos a la cosqui, para una identificación.

– ¡Pero si tengo mi carné! ¡Está en regla!

De nada valieron rogativas y suplencias: Me llevaron a la furgoneta y me empujaron adentro, en compañía del desconsolado Tobías. Arrancaron a toda prisa, con música y todo, parecía que íbamos a apagar un incendio en la casa del Boyer.

– ¿Tú tampoco tenías carné? – me dice el Tobías sentado a mi lado.

– ¡Cago en la hostia, Tobías! Voy documentado, ¡mira el cartono! ¡Esto es un una injusticia! ¿Qué querrán ahora estos capullos? Me temo que nada bueno.

– Pero, ¿has hecho algo?

– ¿Hacer? ¡Estoy detergente, buscando curramiento como un loco, apartándome de la mala vida! ¡Cago en...!

Vi salir a Tobías al cabo de una hora. Lo vi a través de los cristales de la puerta en el cuarto en donde me tenían retenido. Luego me llevaron a una estaña mugrienta y oscurona. Me trajeron un caldo caliente y un tronco de pollo, pero vuestro Pelusa estaba intranquilo y preocupado; nada bueno podía esperarse de aquellos chaperos. Y no fue porque no proclamara varias veces que no había hecho nada, que estaba limpio, que quería que me trajeran un aboguindi.

– Mira, Pelusa de mierda, vas a quedarte aquí hasta mañana y ya veremos entonces si te colgamos una temporada en el talego y te enseñamos al juez o no – quien hablaba así, con una familiaridad insultante, ya que yo no lo había visto nunca hasta aquella noche, era el ogro de antes, sargento Lupiáñez, según supe después, el más grandísimo hijoputa de la pasma madrileña.  – Nosotros seremos quien digamos si estás limpio o no. Vas a esperar pacientemente, tranquilo, sin rechistar, ya que sabemos muchas cosas de ti y te podemos acojonar. Mañana pasarás una rueda de reconocimiento. Si la apruebas te daremos el certificado de buena conducta y volverás a la rúa, pero si suspendes, ¡ay, si cateas!, te quedarás una temporadita por aquí. ¡Vamos a despelusarte, Pelusa mamón!

Se fue escupiendo risotadas, dejando abatido a este infeliz urbano. Decidí que lo mejor era esperar, sin enfadarse, después de todo no era para tanto pasar una noche en el saladero, cuando yo ya lo había hecho, aunque injustamente siempre, todo hay que decirlo, durante varios meses, y en dos ocasiones. Así que me acurruqué en el camorrio, y me dormí, no sin antes confiar a San Cuperino (patrono de los indefensos) que me protegiera y demostrara que todo había sido una equivocación.

Dormí placenteramente durante toda la noche, pese a la dureza del camastro. Soñé infinidad de chorradas que sería de bobo narrar ahora. Me desperté a eso de las ocho y cuarto, me desperecé como pude y eché un vistazo al mugriento muro que se me ofrecía desde la ventanuca de la celda. Me alipilé un poco en el lavabo y esperé echado otra vez en el catre la llegada de acontecimientos. Internamente me volvío la agria sensación con la que me acosté y que, al parecer, el sueño no había disipado; tenía un profundo temor de que la suerte se me estaba volviendo en contra y de que nada bueno me iba a deparar el día. Yo no tenía nada que ocultar, no había cometido delito alguno (porque vender un poco de jurengue no creo que sea para tanto) y en teoría no tenía nada que temer en un país democrático y de derecho, pero... ¡cago en... ! ¡Cuando uno corretea mejor por esta inmundicia de vida, llega algún macaco a joderte la marrana! ¿Y el desayuno? ¿Es que aquí no se come, coño?

Pasaron los minutos, sólo escuchaba, muy lejanas, las conversaciones de los maderos por los pasillos. Estaba en la cosqui de Arganzuela, muy lejos de la de Vallecas, que era la más cercana al bar del "Coco", que está en la calle Puerto de Monasterio. ¿Por qué me habían llevado allí? Parecía que el tema de los cartonos era una farsa y que iban buscándome personalmente o, quizás, a un tipo como yo, porque una vez me encontraron, dejaron de pedir cartonos y terminaron de freír la cazuela. Además, al Tobías lo dejaron marchar enseguida. Me estaba temiendo lo peor: como yo no había hecho fechoría alguna en los últimos meses, lo más seguro es que me hubieran confundido con alguien. Ya me lo decía mi vieja la última vez que la vi: "¡Rafalín, con esa facha te van a confundir con un facha!" ¡Qué buena que es mi vieja y qué consejos tan provechosos me da!

A eso de las nueve me llevaron un cafetito con vaca y un bolleto de piedra pómez. ¡Cago en el desayunato de mierda! Me dejé la bollería intacta después de estrellarla con fuerza contra la pared y confirmar que rebotaba de dureza y ensorbé el cafeto, que, al menos, me calenturió el estómago. A eso de las diez y cuarto apareció un madero y abrió su sucia bocaza para babear:

– ¡Vamos, Pelusa, tenemos hoy desfile de modas! ¡Te toca aparecer en la pasarela con tu modelito de macarra Dior!

– ¿Hay que reirse? ¡Jajajá! ¿vale así?

Me llevaron en compañía de cuatro tipos feos y mala catadura, aunque luego me dijeron que eran maderos, (¿quien lo iba a suponer con aquella pinta?), que esperaban en lo alto de una tarima fuertemente iluminada por unos faroleos de cine. Me hicieron subir, me colocaron en cuarto lugar y me indicaron que esperara, sin moverme. Era la primera vez que me encontraba en una rueda de esas, las dos veces anteriores que estuve en el talego, me cogieron "in fraganti", sin necesidad de aquellas teatreras. Bueno, había que esperar a que me dijeran, dentro de un rato, que todo había sido una confusión, que podía irme, pero que no se me ocurriera denunciar la noche de arresto, ya que me tenían bien fichado.

La espera fue más larga de lo que yo imaginaba. Después apareció el mismo madero de antes y me indicó que todo había terminado. Me acompañaba a la celda.

–¿Qué? ¿Ha comprado alguien mi modelito?

–Ya te enterarás, "Pelusa", ya te enterarás...

¡Y, hostia, me enteré de verdad! A la media hora, más o menos, me volvieron a sacar de la ratonera y me llevaron a un cuarto destartalado con una mesa y varias sillas. Allí había dos pavos, uno chapado y el otro maletinado; lógicamente uno era un alto brujeras de la poli y el otro un aboguindi torpe y miope. Habló el primero, después de indicarme, con mucha amabilidad que me sentara:

– Soy el inspector Barroso; este señor que me acompaña es el abogado de oficio Nicolás Bustamante.

–Tanto gusto –dije, haciendo un además respetuoso de querer levantarme, tenía que mostrarme cortés con las autoridades.

– ¡Déjate de zalamerías, Pelusa!– me cortó el que había hablado, otro que me conocía, sin saber yo de qué– . Este es un asunto serio.

– Pues, usted dirá.

– ¿Dónde estuviste el sábado, de una a dos de la madrugada?

Aquí es cuando interviene el picapleitos:

– Creo que debe de saber que no está obligado ahora a contestar. Puede esperar a que le lean los cargos que hay en su contra y a la comparecencia ante el juez.

– No he hecho nada malo. No me importa responder a lo que sea. ¿El sábado? No sé... tengo que pensarlo. ¿A qué día estamos hoy?

– Martes, Pelusa, martes tres de Agosto.

¿El sábado...? ¿Dónde coño estaba yo el sábado? ¿Cuántos días hacía? Mi mente trabajaba afanosamente. Normalmente, a esa hora, estoy apurando el cierre del Coco, claro que no siempre. ¿Qué hice el sábado pasado? Intuía que ahí estaba mi salvación, si tenía una coartada para el delito que presumía me iban a querer imputar. ¡Claro, im-putar! ¡eso es! ¡Precisamente, estuve con Rosa! Sí, ahora recordaba: fue el cumpleaños del "Cholo". Nos estuvo invitando desde cerca de las once, más o menos. Acabamos medio borrachos y no se nos ocurrió nada mejor que volver a tirarnos a Rosa y Lucía, que también acudieron a la invitación, abandonando un poco su trabajo, por la amistad que nos une. Sí, fue un excelente polvo, el último hasta la fecha.

– No recuerdo bien... Pero, ¿se puede saber de que se me acusa?

– Allanamiento de morada, intento de robo con intimidación; nada bueno, Pelusa. Te ha reconocido una testigo.

– ¡Cómo! ¡Yo no he mangado nunca en ninguna casa! ¡Esto es una locura absurda!

– ¿Cómo sabes que era una casa? – El chapera me quería buscar las cosquillas.

– Bueno... usted lo dijo.

– Yo dije "morada" y eso puede significar un piso.

– ¡Cojones, tanto mejor! Si es un piso, se demuestra que soy inocente –no sabía ya que decir.

– Pero es que, precisamente, es una casa, un chalet en particular, de la Moraleja.

– Mire, inspector, han cometido un error garrafal. Ya recuerdo lo qué hice esa noche. Desde las once, más o menos, estuve en el bar del Coco, en Vallecas, celebrando el cumpleaños de un amigo, que se llama Raúl Jiménez, aunque le conocemos como "El Cholo". Después nos fuimos con unas amigas, ya sabe. No recuerdo la hora, pero estuve con una de ellas hasta muy tarde.

– ¿Dónde?

– En su casa, naturalmente; un piso de la calle Labrador.

– ¿Y podrás decirme cómo se llama, naturalmente?

– Claro: Rosa.

– Rosa... ¿qué?

– Bueno, no recuerdo su apellido. En el barrio todos la conocemos por Rosa. Pero puede preguntar; pregúntele a ella.

– Sí eso haremos, no te quepe dudas. ¿Debo entender que la tal Rosa es una puta de Vallecas?

– Bueno... pues sí; ella hace la calle, aunque no todos los días. Es una buena amiga nuestra, de los amigos que nos juntamos en el bar.

Rosa era algo más que mi amiga; era una especie de amante, una esposa, si yo tuviera cojones para romper con mi chorba Manoli, sacar a Rosa de su mala vida y llevarla conmigo. Ambos estamos enamorados; sí, coño, eso; ¿pasa algo...? ¡Es que uno no puede tener sentimientos como to er mundo, eh? Va ya para tres años, en que la conocí una noche en una taberna cercana al Puente de Segovia. Vivía con una amiga; acababa de llegar a Madrid desde su pueblo y todavía no se había iniciado a la mala vida. Yo iba con el Grégor, un tronco que ya conoceréis. Bueno, aún recuerdo aquella noche. Íbamos un poco tromba y entramos en un local en dónde tocaban música sudaca; era un sitio pequeño, atiborrado de intelectualoides; estaba allí el Balbín de la televisión, el Carlos Cano (que no quiso cantar cuando el personal se lo pidió). Nosotros nos fuimos a la barra, lógicamente a tomarnos otros vidrios. Como estábamos torrijas perdíos, hablábamos en voz alta, reíamos, empujábamos a los que estaban a nuestro lado, sin percatarnos de que el personal estaba en silencio oyendo los cantos y la guitarrera de un gaucho barbuliento. Nos llamaron varias veces la atención, pero, como dice el Jacinto, "el alcohol es mu valiente", así que ni puñetero caso. Algunos gachós se vinieron a nosotros, con cara enfurecidas, no sabíamos por qué, ya que había muchos papelos colgados allí sobre la paz, el Che, y nosotros no nos metíamos con nadie, estábamos saciando nuestra sed, como cualquier buen hijo de vecino. Sin recordar nuestro paso por la puerta, ni si pagamos nuestros líquidos, de pronto nos vimos tirados bajo un pinete de piedra, echando sangre por la nariz y doliéndonos todos el cuerpo. Yo le decía al Grégor: "Oye, ¿que nos ha pasao?, ¿nos atropelló un tranvía?" Y él me decía: "¡Calla, calla, que no vengo más contigo!" Intentamos levantarnos, pero, no sé si por la pea o por los zurros, volvimos a empotrarnos entre las piedras. Entonces aparecieron por allí dos chicas jóvenes, apetitosas, minifalderas, que se apiadaron y se acercaron a ver lo que nos había pasado. Dijeron de llevarnos a un hospitalo de esos, pero como yo les tengo pánico, dije que las rajaría si lo intentaba. La morenaza, al oírme, masculló a su amiga, mi Rosita pelirroja, que deberían marcharse, qué éramos delincuentes, que no era conveniente ayudarnos, pero mi Rosita desatendió sus ruegos, nos ayudó a levantarnos, llamó a un roda, nos empujó adentro y salimos, pese a las protestas de su amiga, en dirección a su piso. ¡Qué bien iba yo apretujadito atrás con ella! Me fingía más malo de lo que estaba para echarme sobre sus mamellas. La morena, al lado del conductor, seguía mascullando sus temores, ésta vez con la complicidad del auriga chismoso. Llegamos al apartamento de ambas y allí, aguantando las muestras antipáticas de Charo, nos curó pacientemente, con agua oxigenada, tiritas y demás potingues; nos sirvió cafeto bien montado y nos despidió, finalmente, al cabo de una hora de palique, después de haber llamado por el tubo a otro roda. Yo, que me había despejado bastante, tuve la pericia de mirar el número del edificio y el nombre de la calle, no sabía en que puñetera parte de Madrid estábamos, y metérmelos en el coco, que para eso sí soy un lince, ya que quería agradecerle a la chica las atenciones y, si había ocasión, intentar intimar un poco con ella, pues me había gustado su decisión, su coraje, su riesgo y, ¿por qué no decirlo?, su tipazo de gachí fatal. El Grégor, que había observado cómo miraba yo los rotulantes, me dijo que era una buena idea el saber el lugar, ya que le había gustado mucho la tía que nos había curado, la rojiza y que podíamos volver a verlas, hacerles un regalo y e intentar salir con ellas. La morena, siguió diciéndome, aunque era una salvaja, tenía también un buen tipo y su experiencia le decía que las fieras en la vida corriente solían ser aún más salvajes en el camastro. ¡Cago en...! Desde aquella noche evité en cuanto puede al Grégor, le dije que no tenía idea de si había mirado la dirección, porque mi pea no había cesado. Claro que tiempo después, cuando salió de una de sus vacancias en la trena y me vio una noche con ella, se acordó el cuatrero, me miró maliciosamente y masculló algo así como: "Ea, ea, ea... cuate Pelusa, ya veo que todavía no se te ha ido la pea, cochino". Yo me reí y dije algo así como "Yo la vide primero y ella curóme antes que a ti, marrano". Se rio y lo comprendió. Desde aquella noche me reencontré con Grégor, un año antes de la brutal pelea que tuvimos, cuando intentó, como un menda más, tirarse a Rosa previo pago de las lechugas correspondiente. Yo, que no podía evitar la mala vida de Rosita y que tenía que soportar que se la cepillase la gente, me puse histérico cuando mi mejor amigo lo intentó. Me lancé a él furioso una noche en el Coco, cuando lo vi enganchado a sus culatas y con la intención de abandonar el local, después de dirigirme una burlona sonrisa. Destrozamos el bar, nos cogieron los maderos y nos encerraron por alboroto público. Menos mal que el Coco fue honrado, no nos denunció por los destrozos y salimos, cada uno por nuestro lado, al día siguiente. Desde entonces el Grégor y yo somos irreconciliables enemigos y nos miramos, cuando nos vemos, como bestias salvajes. El episodio sirvió para que Rosa descubriera que yo verdaderamente la quería, aunque tuvo que hacerlo de un modo desagradable, porque cuando salí lo primero que hice fue buscarla, darle dos hostias en la cara y hacerle jurar, en medio de un río de lágrimas, que no consentiría nunca en acostarse con el Grégor, aunque éste viniese cargado de lechugas.

El brujeras se levantó con intención de marcharse.

– Empezaremos comprobando tu coartada. Ahora puedes hablar con tu abogado. Cuéntale la verdad. Luego nos veremos.

– Pero, ¿cuándo voy a salir de aquí?

El madero gordinflón soltó una risotada.

– ¿Marcharte? Te ha reconocido por dos veces la testigo de un delito que ella sufrió en sus propias carnes. Después de interrogar a esa Rosa y a las gentes del bar en donde dices que estuviste, te llevaremos al juez. Él verá si hay indicios para tenerte en chirona o si sales en libertad bajo fianza.

Empezaba a desesperarme.

– ¡Esto es un atropello descomunal! ¡No sé nada de ese delito! ¡Estoy limpio!

– Bueno, mejor entonces para ti. Veremos...

Salió. El aboguindi empezó a sacar papelos de su cartera.

– Bien, Pelusa, tengo aquí copias de la denuncia y de las declaraciones de la testigo. En primer lugar, me gustaría que te sinceraras conmigo. Nada de lo que me digas saldrá de aquí, pero, para defenderte mejor, necesito que me cuentes toda la verdad. ¿Asaltaste ese chalet con intención de robar?

Era un tiarrón baboso, flemático, con gruesas gafas de miope, pelo castaño y algo bizco, me pareció. Iba empaquetado en un fino traje azul marino, acorbatado. Tenía una mandíbula fuerte, que sobresalía ligeramente y que contrastaba con las órbitas hundidas de sus ojos sobre los cuales destacaba su cabellera castaña, pulcramente peinada. Era joven, más o menos de mi edad, y parecía buen chavalote.

– No, señor Bustamante. De veras que es un error. Yo estuve ese día en el bar del Coco, hasta muy tarde, hasta que lo cerramos; hay muchos testigos. Después, me fui con Rosita a su piso. Dormí con ella hasta el amanecer.

– Si eso es así, te sacaré pronto; esta misma tarde. Tenemos que esperar a ver qué declaraciones trae el inspector Barroso.

Otra vez tendría que tumbarme en la sucia celda. ¿Y después quien me compensaría de la tremenda injusticia que se me estaba haciendo? El picapleitos se largó y a me devolvieron al cajón de la comisaría. 

Pasaron las horas y nadie venía a darme razones. Me trajeron, eso sí, un potaje de judías y un filete alpalgatoso de cochino.

Perdonadme que no me extienda demasiado en describir una etapa triste, mu triste, mu negra, que tuvo que pasar vuestro honrado narrador en el talego, al lado de delincuentes macabros y pendencieros, de rateros de alcantarilla, de alcahuetes cárcomos. Lo he intentado, pero me quedo agarrotao cuando cojo la pluma, cuando me remomoro las penosas circunstancias que allí pasé. No quiero ni nombrar el sitio, a unos kilómetros de Madrid, en donde vuestro humilde Rafa perdió algunos meses de su vida, encerrado por una grandiosa injusticia, en espera de un juicio que podía depararme más desgacias aún de las que tenía. Quizás, algún día, después de terminar este manuscrito, tenga ganas de contar todas las tropelias que me hicieron allí, de las que me defendí como pude y, justo es decirlo, también yo las cometí con otros. No me preguntéis más, que tengo malos recuerdos de todo y mucha confusión en mi testera.

Mi cuchita Rosa no pudo pagar la fianza ésa tan exagerada que el juez me había puesto. Perdonarme, os digo de nuevo, que pase muy de largo sobre aquel triste episodio de mi vida, pero es que quiero olvidarlo, coño. Sólo decir que me lo pasé muy mal, en medio de las atrocidades de los brujeras, de los chantajes y fusilimerías de los quinquis y las arengas separatistas de los euskeros. Mi mayor ocupación entonces era pensar de que manera me vengaría de la gachona por la que me habían encerrado allí. No había un sólo día en que no pensara en ella. Imaginé miles de situaciones, amagos de encuentro, modos de desquite, la mayoría de ellos disparates o locuras irrealizables, pero en medio de tantos despropósitos, poco a poco se fueron encendiendo algunas bombillas en mi testa y empecé a ver claro de qué manera podía introducirme en la vida de Beatriz Ansótegui, que era el nombre de la pérfida.

Mi picapleitos me contó que el juez encargado del caso había ordenado mi ingreso en prisión o mi libertad condicional con una fianza de treinta mil euros. ¿De dónde iba yo a sacar semejante pasta? Así que no tuve más remedio que instalarme en el chavolo carcelarío y quedar a la espera de la fecha del baile. De nada valieron las declaraciones de Rosita, ni de mis pibes del bar, ante el reconocimiento que de mí había hecho la dueña del chalet, una señora importante, casada nada más y menos que con un diputado de esos, de San Jerónimo, para mayor desgracia mía, pertenciente al partido fachoso que gobernaba. Estaba claro la justicia que había por aquí.

Me costó mucho adaptarme a la vida de la trona, con horario, malas comidas, paseos por el patio y, sobre todo, con la prohibición de salír a la polvorosa, con lo que a mi me gusta la urbanidad de la vida urbana. Había allí guardianes, que ponían todo su máximo empeño en hacernos la vida lo más guarra posible, y camellos, chufles y navajeros; pero también conocí a gente recta, una gran parte de los que allí sesteábamos, quienes, por la injusticia del estado de derecho, se encontraba en la madriguera.

Todas las semanas recibía, los domingos, a eso de las doce, la visita de mi Rosita, que me alegraba un poco la existencia con su palique de esperanza, de resignación, de proyectos. Me hablaba de que estaban intentando reunir el dinero de mi fianza, de que había hablado con otro abogandi para ver las posibilidades de revisar el caso, de... ¡en fin, qué buena que es mi Rosita!, pensaba yo, cuando salga de aquí la voy a hacer una mujer decente. Su rostro apenado, tras la malla, me daba fuerzas para encarar otra semana más en espera de la llegada de otro domingo.

Así fueron pasando los días, las semanas, hasta que a las once del miércoles 13 de Octubre, me llamó el jefe de los brujeras de la trona.

– Bueno, Pelusa, parece que vas a tener suerte. Resulta que la señora Ansótegui se ha desdicho de sus acusaciones y declaró ayer que no está segura de que tú fuera el que asaltó su chalet. Esto te libra de la cárcel, de ir a jucio y te concede además la oportunidad de recibir un buen dinerillo de indemnización por el Ministerio de Justicia. Yo sé, a mí no me engañas pedazo de mierda, que fuiste tú el asaltante, pero ella sabrá por qué lo hace. Ocasiones así son muy raras; aprovecha tu buena suerte de hoy para ponerte al lado de la ley y no tener que volver a venir por aquí.

¡Grandísimo cabrón hijoputa! Ahora resultaba que era yo un hombre con suerte después de pasarme en chirona más de dos meses por algo que no había hecho. Me tragué, como pude, el ácido rabioso que me mordía dentro, recogí mis enseres, firmé unos papelos y recibí un chequete por cuatro mil doscientos veintiocho euros. Era la única buena noticia. El dinerillo me permitiría vivir sin apuros durante unas semanas. Era la contribución que había que pagar para quedarse calladito, ya que, al recibirlo, uno estaba renunciando a cualquier posible indemnización que pudiera corresponderle en los tribunales.

¡Ay, cuando la pille! Salí con una sola idea en la mollera: vengarme de la putona rica que me había denuncidado, emplearía toda mi sapiencia, todas mis energías en hacerlo, costase lo que costase. "Pelusa, tienes que hacerle pagar estos dos meses que has perdido a la sombra". No sabía aún cómo, pero sí sabía que lo haría, ¡me cago en..., antes o después. No debía precipitarme. Acercarme a una señora como ésa no sería tarea fácil para un pobre desgraciado como yo. Tendría que usar la astucia y la paciencia para conseguirlo, máxime cuando tenía la idea clave de hacerlo sin cometer un delito visible que originara un nuevo internamiento. Decidí, pues, volver a la vida normal, usar bien el dinerillo que me habían dado, empezar a indagar en la vida de la pérfida.

Lo primero que hice al verme fuera de la trona de Ocaña fue respirar hondo, era la ceremonia de rigor, desperezarme y avanzar resuelto hacia una nueva vida. Cogí una roda y ordené al auriga que enfilara hacia la capitola. ¿Dónde ir en primer lugar, a la pensión o a ver a Rosita? Opté por esto último, quizás porque me apetecía mucho achuchármela después de toda la abstinencia que había tenido.

Y tengo que contarlo, aunque no me guste. ¡Qué calamitosa llegada, qué desastre! Aunque, claro, peor es no saber las cosas. Resulta que después de picar y mucho picar en el campanillero del piso, una despeluzanada Rosa, en bata, abrióme la puerta. Se acoloró toda su carita linda, yo creía que de alegría. Me abrazó, me besó y, como no me invitaba a entrar, tuve yo que hacerlo. Me detuvo, me dijo que la esperara en el bar de abajo, que se arreglaría y que iríamos a celebrarlo. Enseguida caí en la cuenta: tenía un cliente. Aunque no me gustaba el asunto, entendí entonces la turbación que reflejaba, asentí, le dejé mis pocos enseres, y le dí otro beso. Mientras saboreaba sus carnosos y calentitos morros, mi vista reparó en una cazadora de cuero que colgaba de una silla. Palidecí de repente. Había reconocido la pegatina adosada: varias serpientes saliendo por los huecos de los ojos de una calavera. No había duda: ¡era la cazadora del Grégor! Me separé bruscamente de Rosa y fui allí a comprobarlo.

– ¿Qué... qué te pasa?

Rosita me seguía balbucendo. Yo me encolericé de sopetón al tener entre mis manos la mugrienta prenda. 

– ¡Pelleja, putona del alcantarilla...! ¡Me has vuelto a engañar!

Vino hacia mí, arrancando a llorar.

– ¡Me obligó a hacerlo! ¡Yo no quería, pero me amenazó con echarme de la zona! ¡Yo no quería...!

Tiré la cazadora al suelo y aparté violentamente a Rosa, empujándola al sofá. Me dirigí en dirección al dormitorio. La puerta estaba entornada, pero yo la abrí de un puntapié. El Grégor estaba ya casi vestido, reposando en la cama. En su mano derecha sostenía una gruesa navaja.

– Yo de ti, me lo pensaría, Pelusa. No te voy a recibir con los brazos abiertos. Si te acercas te voy a sacar las tripas. No hay motivos para pelearnos. Sabes que ella es una mujer pública. Yo pago siempre sus servicios – me señaló un puñado de lechugas que había sobre una mesita de noche–. Ninguna mujer se merece que derramemos una gota de sangre y menos ella. Aquí sólo ha habido un acuerdo comercial.

Llevaba parte de razón en lo que decía. ¿Por qué tenía yo que arriesgar mi vida, mi libertad, por una persona que me había traicionado? Me aguanté el cabreo, me contuve y repliqué, señalándolo:

– Grégor, mamón, no me gusta que te entrometas en mi vida. Han sido ya muchas las ocasiones. Puedes montártela a partir de ahora todas las veces que quieras, pero no te metas en mi vida, te lo digo en serio; sabes que una chirla no me detiene. La próxima vez no respondo –dije estó último besándome la uña de mi pulgar derecho, para darle más veracidad.

– Está bien, "Pelusa", veo que razonas con la sesera. En realidad, siempre hemos sido cuates. ¿Por qué no volver a serlo? A mí me gustaría ensociarme contigo para hacer algunas faenas provechosas por el barrio.

– No lo olvides, Grégor. Desaparece de mi vida.

Dejé de la habitación dando un portazo. En la sala Rosita seguía llorando, echada en el sofá. Recogí mi bolsa y salí dando otro portazo.

 

Ya en la calle, me alejé, a toda prisa, sin pensar a dónde iba. Seguía estando rabioso por dentro. Cuando me vi más calmado, a unas manzanas del lugar, me planteé lo que iba a hacer. ¿Volver a la pensión? Después de lo ocurrido, no me apetecía reiniciar la misma vida. Entonces se me ocurrió la idea de pasar unos días en casa de mis viejos, en mi tranquilo pueblo natal. Volvería a verlos después de varios años, me reencontraría con Manolí, que sí era una gachí decente, y aquel reposo me daría la tranquilidad suficiente para saber que haría para vengarme de la chochona rica que me denunció.

(...)

 

© Antonio Gómez Hueso