Turbios asuntos de infidelidad

Sinopsis:

    Beatriz Ariza Torres, profesora de un instituto malagueño, casada, es hallada muerta en los Montes de Málaga, dos días después de que su marido denunciara la desaparición. Se pone en marcha un intenso operativo policial para detener al culpable. La misma noche de la desaparición, la Policía logra encontrar su coche y obtener una grabación del presunto asesino, hecha por una cámara de seguridad del Málaga Plaza, tras haber movido y abandonado el coche de la víctima. No obstante, todo se complica y nada es lo que parece ser. La escrupulosa juez Labrador encarga la investigación a los inspectores Adrián Galeote y Mar Herrero. Durante las indagaciones sale a la luz la doble vida que llevaba la mujer, al margen de un marido demasiado ocupado en sus labores de ejecutivo de una próspera empresa. La central de Madrid envía a dos investigadores, Óscar Méndez y Anabel Castañeda, para que ayuden en la resolución del difícil caso. Las investigaciones avanzan muy lentamente, pese a los sofisticados medios técnicos empleados, y durante la misma se revelan comportamientos oscuros de personas allegadas a la víctima. Las malas relaciones entre la juez y el inspector Galeote y entre Mar Herrero y Méndez (pareja en el pasado), junto con la intromisión en el caso de un mafioso ruso, Vanko Petrenko, dificultan la detención del culpable. Para lograrla tienen que sortear grandes peligros y situaciones íntimas muy embarazosas.

 

(Borrador. Fragmento del capítulo 1)

 

        Se tambaleó y avanzó hacia el cuarto de baño. Se apoyó en el lavabo e inclinó la cabeza. Su rostro desencajado persistía aún después de la terrible experiencia que acababa de vivir, sus ojos estaban desorbitados, le temblaba todo el cuerpo, tenía náuseas. Puso las manos sobre el espejo y la sangre marcó las formas de las palmas. Respiró profundamente. Dio varias arcadas en la bañera, pero no vomitó. Un sudor gélido le cubría la cabeza. Abrió el grifo y se enjuagó el rostro con agua fría. Se contempló en el cristal. Se veía demacrado por la impresión, cubierto por una mezcolanza de sudor y lágrimas. Se sentó al borde de la bañera, dobló el torso y cubrió el rostro con las manos. Estaba desesperado, aturdido, acobardado... Se puso a llorar intensamente. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué? Su mente empezaba a percibir la gravedad de la situación. En la sala del piso estaba Beatriz, echada en el sofá, muerta, con su cuerpo lleno de incisiones sangrientas, la mayoría en el abdomen, hechas con el cuchillo que había aparecido en su mano. Se quedó alelado muchos minutos, horrorizado, sin saber qué hacer. Al fin, se levantó y volvió al escenario sangriento. Sí, no había duda, no era ilusión: la macabra escena seguía mostrándose ante sus ojos atónitos y desesperados. No recodaba haber hecho tal atrocidad, era imposible, estaban solo en el piso. Se levantó fue hacia la puerta de entrada y comprobó que estaba cerrada. ¡No había otra explicación! ¿Qué extraña locura le habría entrado para apuñalar a su amante? Volvió  marearse y a percibir sudor frío. Se fue precipitadamente hacia la terraza. Abrió la puerta de cristal y salió. Asió la baranda de aluminio. Allí, al menos, respiraría aire fresco. Dobló su tronco y dio unas arcadas. Parte de su saliva se precipitó a la acera.

          La noche había caído sobre Málaga. Una ligera brisa configuraba el plácido ambiente de aquel anochecer, cinco de Octubre. Miró más allá de los bloques de pisos, en donde se intuía, pero no se veía, el Mediterráneo. Abajo todo se presentaba como era habitual: el tráfico de siempre, el deambular de transeúntes, la actividad de los comercios... De todos modos, pensó, su barrio, Teatinos, era un lugar tranquilo. Se sentó en el sillón de mimbre. Tenía que meditar qué hacer. Durante largo rato anduvo cavilando desesperadamente. Se levantó en varias ocasiones muy excitado, daba vueltas por la terraza, se volvía a sentar… No era tan fácil como parecía encarar tan trágica situación, pero debía actuar con presteza. El tempo podía jugar en su contra. Pensó largo rato todos los pros y los contras de llamar a la policía. Sin pretenderlo, se había metido en un lío muy gordo. Durante casi una hora siguió estudiando la situación, buscando una explicación lógica a todo lo que había ocurrido, sin vislumbrar el modo en que debía actuar. Luego tomó una decisión. Se levantó, fue al cuarto de baño y se dio una larga ducha caliente. Se cambió de ropa. Cogió la camisa y los pantalones, que tenían salpicaduras de sangre, y los metió en la lavadora, que puso en marcha inmediatamente. Después fue al despacho, enchufó el ordenador y buscó la página de mapas de Google. Cuidadosamente fue examinando las carreteras secundarias próximas a Málaga. Tenía que encontrar un lugar apartado, accidentado e inaccesible. Cualquier barranco de los montes podía servir para desembarazarse del cadáver. Quería que no fuese descubierto nunca, pero, en el caso de que sucediera, que era lo esperado, lo fuese lo más tarde posible. Así todo sería más difícil para la policía y, en consecuencia, más fácil para él. Había optado definitivamente por no denunciar la muerte.

Emilio, ya aseado y más tranquilo, volvió a la terraza y se sentó. Empezó a meditar minuciosamente el procedimiento a seguir y el momento más adecuado. Esperaría a que fuera tarde, ya de madrugada, para sacar el cadáver. Allí, observando los contornos de los edificios cercanos, estuvo casi una hora pensándolo todo con exactitud. No era fácil salir de la situación en la que estaba, pero al fin se decidió. No podía permitirse el lujo de contarlo todo a la policía, ahora que tenía justificadas esperanzas políticas y su trabajo en la universidad empezaba a vislumbrar sus frutos. Si hacía bien las cosas, nadie le relacionaría con la muerta, tenía una gran posibilidad de salir indemne de esta tragedia. Nadie sabía de su relación con Beatriz. No había rastros de sus encuentros: no fotos, no videos, en Internet sólo habían intercambiado algunos mails con nicks. Nada de nada. “¿Y las llamadas?”, se dijo, “¿podría, tal vez, la policía localizar a Beatriz por la señal de su móvil? ¿Dónde estaría? ¡En el bolso! ¿Dónde? Sería conveniente hacerlo desaparecer”. Se levantó y se puso a buscarlo. Lo encontró en la cocina, sobre la encimera. Volvió a ponerse los guantes de plástico. Buscó en su interior el móvil. Seguramente tendría registradas las llamadas de ambos. Tendría que hacerlo desaparecer. Sacó todo lo que contenía. Estaban los carnés, tarjetas de créditos, utensilios de belleza, dinero en metálico (alrededor de noventa euros) una pequeña agenda (se aseguró de que no había ninguna referencia a él), las llaves y… ¡el móvil! Estaba encendido. Necesitaba tiempo para actuar. Se le ocurrió enviar un whatsapp a alguien para que así quedara constancia de que a esa hora (miró a su reloj), nueve treinta de la noche, Beatriz seguía viva. Encendió el móvil y buscó un contacto; el primero que apareció fue su marido, Juan Corbacho. Pensó mucho si debía enviarle, precisamente a él, el mensaje. Si todo había ocurrido como sospechaba, era una inutilidad hacerlo, pero no perdía nada con intentar confundir. Así que pensó en lo que le pondría. La segunda persona que figuraba en la agenda era un nombre femenino, Eulalia. Lo normal es que fuera una amiga. Pondría en el mensaje que estaba cenando con ella. Lo escribió rápidamente y lo envió. Luego buscó un tercer nombre, Mercedes, otra amiga supuso, y escribió: “Necesito hablar urgentemente contigo. Mañana te llamo”. Lo envió también. Esos dos mensajes podrían indicar que Beatriz seguía con vida en esa hora de la noche, lo que no era verdad.

Tendría que hacerlo desaparecer todo. Tuvo el impulso de quedarse con el manojo de llaves, por si necesitaba acceder a la casa de Beatriz, pero enseguida se dio cuenta de que era una mala idea; lo que le interesaba era eludir todo lo relacionado con ella y no complicarse más. Pero, claro, temía que en el domicilio encontraran, en algún sitio, su nombre o su teléfono y pudiera la policía localizarlo. Buscó las dos llaves que Beatriz tenía del piso, la del portal del edificio y la de la entrada, y las separó del llavero. Se las guardó. También se quedó con el dinero. Con unas tijeras troceó los carnés de identidad y de conducir, los envolvió en un papel y los depositó dentro del bolso con los demás objetos. Lo tiraría en un contenedor y desparramaría antes los trocitos de los carnés por la calle. Entonces pensó que tal vez fuera mejor hacer esto en primer lugar. Sí, mataría a dos pájaros de un tiro: alejaría el coche de Beatriz de las cercanías de la vivienda y eliminaría los objetos del bolso. Miró las llaves. Efectivamente, ella había llegado en coche. Se fijó en la de contacto. Estaría aparcado en la acera, seguramente. Se enfundó la chaqueta, buscó una gorra de visera grande, que solía usar muy pocas veces, sólo algunos días inhóspitos de invierno, pero que en esta ocasión podía servirle para pasar más desapercibido.

 

[…]

 

Mar Herrero Gutiérrez, inspectora de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos de la Comisaría de Málaga estaba decaída aquel jueves. Su turno no acababa hasta las doce. Sentada en su mesa, ojeaba un informe con bastante desánimo. Era alrededor de las once cuando fue requerida como inspectora de guardia. El agente Garrido entró y le entregó una carpeta con una denuncia de desaparición, acompañada de una foto. Mar se percató de que el agente miraba su escote, bastante ostentoso, pero no intentó abrocharse el botón rebelde, para no evidenciar que había notado la mirada lujuriosa. Abrió la carpeta, miró el formulario y vio el rostro de una guapa y madura mujer morena, sonriente, de treinta y muchos años, “más o menos de mi edad”, se dijo, aunque ella acababa de cumplir cuarenta. El agente le informó que afuera estaba el denunciante, el marido. Mar le pidió que le comunicara al hombre su intención de recibirlo en unos instantes, en cuanto leyera la denuncia. Garrido abandonó el despacho. La rubia inspectora de ojos verdes leyó con atención el impreso, meditó unos segundos, compuso la destartalada blusa, cerró el atrevido escote, alisó su larga y rizada melena, se levantó, abrió la puerta e invitó a pasar al hombre que esperaba en un banco. Era corpulento, alto, bien vestido, algo lento en sus movimientos. Usaba gafas y tenía un ligero tic nervioso en el ojo izquierdo. Mar lo recibió con la mejor de sus sonrisas, estrechándole la mano, y presentándose. Le pidió que tomara asiento frente a su mesa.

—Me llamo Juan Corbacho Muñoz y soy el marido de Beatriz Ariza.

Mar volvió a repasar la denuncia y contempló de nuevo la foto antes de preguntar:

—¿Es reciente?

—Sí, de hace unos meses. Creo que se la hizo en Navidad.

—Es muy atractiva —se quedó unos segundos contemplándola—. Ya sabe lo que ocurre en estos casos. Vamos a estar pendiente de la desaparición, pero debemos esperar setenta y dos horas para considerarla en firme. Ya sabe que a veces hay ausencias como ésta, que ocurren por centenares de circunstancias y que terminan felizmente con el regreso de la persona desaparecida.

A él no pareció satisfacerle la demora que la inspectora sugería.

—Ojalá fuera así, pero me temo que en mi caso no ocurrirá lo que me dice. Esto es muy anormal. Vivimos solos y nunca se ha retrasado, mucho menos siendo de noche. Algo grave debe haberle ocurrido.

—¿Ha intentado llamarla al móvil?

—Por supuesto. Varias veces. Está “apagado o fuera de cobertura”. Hace aproximadamente dos horas recibí un whatsapp suyo diciéndome que volvería tarde porque iba a cenar con una amiga, Eulalia. Me ha extrañado que me pusiera un mensaje, en lugar de llamarme, y que se decidieran a cenar tan tarde, pero pensé que era la hora en que cerraban las tiendas y que tal vez las dos amigas se hubieran encontrado en alguna, por lo que no me he alarmado. Cuando he notado que se retrasaba demasiado, he llamado a Eulalia, hace media hora, y me ha dicho que no la ha visto desde hace días. La he vuelto a llamar, sin resultado. Su móvil “está apagado o fuera de cobertura”. Entonces me he alarmado mucho y por eso he venido a poner la denuncia.

Mar pensó en lo que acababa de escuchar.

—¿No se le ocurrió llamarla, cuando recibió el whatsapp, para preguntarle por qué no había utilizado una llamada de voz voz? Se supone que. si acababa de enviar un mensaje, tendría entonces el móvil disponible.

Corbacho no esperaba la pregunta y la misma le desconcertó un poco, ya que tartamudeó:

—Pues... la verdad... no, no se me ocurrió. No estaba alarmado entonces.

—¿Dónde estaba cuando recibió el mensaje?

—Justamente guardando mi coche en el garaje de casa. Acababa de volver del trabajo.

En ese instante el ordenador emitió un tono. Mar desvió la vista hacia la pantalla. Acababa de recibir un mensaje instantáneo. Uno de sus contactos quería chatear con ella.

”¿Qué haces, fiera?

Mar rechazó el responder y volvió a preguntar a su interlocutor:

—¿Cuál es su profesión?

—Soy economista y trabajo como gerente de una empresa de impresión gráfica, de la que soy socio.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a su esposa?

—Almorcé hoy en casa con ella. No lo hago diariamente, pero sí a menudo. A las cuatro, más o menos, salí para volver al trabajo. Antes de irme, me dijo que se iría de compras al centro.

“¿Estás ahí, Marina? —volvió a aparecer un nuevo mensaje. Mar miró de soslayo y confirmó que era Dani quien escribía. Siguió ojeando el impreso de denuncia.

—Veo que viven en la zona del Limonar, cerca del Paseo Marítimo. ¿Qué medio de transporte utiliza su mujer cuando va de compras?

—Normalmente usa el autobús, pero hoy ha utilizado su propio coche, ya que no está en el garaje.

—Facilíteme el modelo y la matrícula, por favor.

   “¡Di algoooooo...!

El intruso no cesaba de insistir para que ella respondiera. Mientras Corbacho le dictaba los números, escuchó un zumbido, recurso que utilizó el chateador para expresar su disgusto por no recibir respuesta. Mar seguía haciendo caso omiso a los requerimientos, pero sus bellos ojos azules miraban de vez en cuando, de soslayo, al monitor. Anotó la numeración en la denuncia.

—Javier —pulsó el audífono—, ¿puedes venir?

—Enseguida, inspectora.

Se quedó meditando. Al fin lo soltó:

—Perdone mi atrevimiento, pero tenemos que atar todos los cabos: ¿Podría ser que su mujer tuviera alguna aventura extra conyugal?

Juan Corbacho se puso algo azorado, pero respondió tajantemente:

—Por supuesto que no. Formamos un matrimonio bien avenido. Somos felices. Claro que tenemos nuestros problemas, como todo el mundo, pero no hay nada de eso.

“Si no apareces, me voy —nuevo mensaje en pantalla.

—Bien. Es mi obligación preguntárselo porque la mayor parte de las desapariciones que se resuelven son por motivos sentimentales; ya sabe: abandonos, huidas con el novio o amante y cosas así.

—No es mi caso —volvió a aseverar con cierta brusquedad.

Entonces llamaron y entró un agente.

—Buenas noches —miró a Corbacho y luego a Mar—. ¿Quería algo, inspectora?

—Sí, Javier —le entregó el papel en donde figuraba la matrícula del coche de Beatriz Ariza— . Llama a todos los coches que patrullan por el centro. Que busquen este coche, un Opel Astra, azul celeste, con esta matrícula, por si estuviera aparcado en el centro. Especialmente por la zona de tiendas, ya sabe, Larios, Eroski, Vialia, Armengual... Que visiten los parkings, sobre todo los de los centros comerciales. Si alguno está cerrado, que lo abran los guardias de seguridad.

El agente respondió un escueto “a sus órdenes”, tomó el papel y salió.

—Como ve, vamos a iniciar algunas averiguaciones.

—Cosa que yo le agradezco. Mi mujer no suele aparcar en la calle, lo hace, siempre que va por el centro, en alguno de esos parkings.

—Veremos si su coche anda por algún sitio. Eso nos podría dar alguna pista de por dónde se ha movido esta tarde.

Hizo una leve pausa después de mirar de nuevo de reojo al ordenador.

—¿Podía darme el número del móvil de su esposa y el nombre de la compañía de teléfonos que usa? Así podremos intentar conectar con ella o intentar localizarla usando la transmisión vía satélite.

—¿De veras? ¿Puede hacerse eso? ¿Se puede localizar la posición del móvil? —preguntó sorprendido.

—Naturalmente. Nos pondremos en contacto con la compañía.

Le pasó un trozo de papel y un bolígrafo. Él sacó su móvil, lo encendió y buscó el número de su mujer. Lo anotó. La inspectora observó que no se sabía el número de memoria. Mientras Juan Corbacho lo escribía, Mar aprovechó para teclear en el ordenador: “Espera”. Era la palabra que le indicaba a Daniel que “había moros en la costa”, y que no podía atenderle en ese momento. Recogió el papel tendido por Corbacho y siguió preguntándole:

—Ya que tiene el móvil a mano, ¿podría ser tan amable de enseñarme el whatsapp de su esposa?

Corbacho tecleó en repetidas ocasiones antes de entregarle a Mar el objeto. Ella anotó en un papel el contenido del mensaje: “Llego tarde esta noche. He quedado con Eulalia para cenar. Un beso”. Se fijó en la hora de envío y la anotó también: 21:38.

—Bueno. Haremos lo que podamos. No se preocupe demasiado. Tal vez mañana, con la luz de un nuevo día, todo tenga su explicación y Beatriz esté en casa. Esperemos que sea así. ¿Tiene algo más que decirme, aparte de lo declarado en este informe?

—Pues, creo que no, estoy bastante aturdido por este suceso. No esperaba que me ocurriera algo así.

Mar se levantó y le tendió la mano.

—No se preocupe. Vaya a casa, duerma y espere acontecimientos. Un agente investigará ahora en los centros sanitarios, por su hubiera ingresado por accidente o enfermedad súbita. Aproveche para descansar. Le avisaremos si hay novedades. Si transcurren setenta y dos horas sin noticias, nos ocuparemos formalmente de la desaparición e intensificaremos las pesquisas.

Cuando se marchó, Mar telefoneó al número del móvil de Beatriz y ocurrió lo que esperaba, que estaba desconectado. Volvió su atención sobre el ordenador.

“—Eres muy pesado. Si no te contestaba era porque no podía. Estaba aquí mi marido —mintió—. Sabes que él odia los chateos y mis amistades masculinas por Internet.

“—Vale, vale, pero como no decías nada...

“—No puedo atenderte ahora. Es muy tarde y está aquí.

Mar no quería revelar a Dani que era policía, por lo que las pocas veces que hablaba con él a esas horas, le decía que estaba en casa. Le quedaban algunos minutos aún en el despacho, pero no le apetecía chatear. Quería reflexionar sobre la denuncia de desaparición que acababa de conocer.

—Vale, vale, entiendo.

“—Mañana, si quieres, por la tarde charlamos. Como todos los viernes, él estará fuera de 7 a 10, más o menos. Es su partido de fútbol semanal.

“—Ok. Vale. ¿Qué has hecho hoy?

“—Tengo que irme. Se acerca.

Se quedó meditando sobre su relación con Daniel. Duraba ya dos años. Para él, ella era Marina Linares, secretaria de dirección de una empresa alimenticia de Málaga. Por su parte Dani decía ser profesor de Historia de un instituto de Toledo, Daniel Suso, aunque ella había comprobado hace tiempo que no había ningún profesor en Toledo con ese nombre, “Si yo miento, él también. Ya se sabe que en Internet nada es lo que parece y más aún en el oscuro y turbulento mundo de los contactos on–line. Bueno, algún día averiguaré su verdadera identidad”, pensó.

Se levantó, salió del despacho y pidió a un agente de guardia que llamara a los centros sanitarios de la ciudad y preguntara por si en las últimas horas había ingresado alguna mujer que se llamara Beatriz Ariza, pero lo pensó mejor y dijo:

—Déjelo. Lo haré yo misma.

Tenía tiempo por delante y se entretendría haciendo esas pesquisas. Tomó la relación de hospitales y centros sanitarios y se puso a llamar. Empezó por Carlos Haya, luego Ciudad Jardín, el Hospital Clínico Universitario…

—Hospital Civil. Dígame —oyó una nueva voz femenina.

—Le habla Mar Herrero, inspectora de la Policía Nacional de Málaga. Estamos haciendo averiguaciones sobre una desaparición. ¿Podía decirnos si ha ingresado en ese centro una paciente de nombre Beatriz Ariza Torres?

Hubo una larga pausa, más larga de lo normal, pensó Mar, antes de que la operadora, al otro lado del hilo, contestara con un tono diferente de voz:

—Debería saber, si es inspectora, que esa información no podemos darla telefónicamente.

Mar ya había previsto la contrariedad. Se le había presentado momentos antes, cuando llamó al Carlos Haya. Así que actuó de la misma manera.

—Mire, señora. Eso que usted dice se refiere a la información clínica, que, según la ley, no puede darse por teléfono. No le estoy pidiendo ninguna información clínica; le pregunto sólo un dato administrativo. Éste es un asunto grave, de una investigación, que requiere este tipo de pesquisa de un modo inmediato. Sepa que esta conversación está siendo grabada —mintió— y que, en caso de que no colabore, podría exigírsele responsabilidades.

—Espere a que lo consulte en el Libro de Ingresos.

Mar sabía que no llevaba razón, que la enfermera hacía bien con negarse; a la mujer no le constaba con certeza que estuviera en verdad hablando con una inspectora, pero su plan funcionó de nuevo. Notó, otra vez, cierto retraso en la respuesta de la enfermera y una leve vacilación en su voz.

—Pues, no... No hay nadie con ese nombre registrado aquí.

Tras colgar, la inspectora se quedó pensativa. Algo la había alertado, pero no lograba detectar qué podía ser. Le pareció que la enfermera había titubeado más de la cuenta. Ella tenía mucha intuición para percibir estos pequeños detalles. Claro que podía equivocarse también y, además, aunque fuese cierto, tal titubeo obedecería a algún motivo personal que nada tendrían que ver con el caso, ¡no iba su interlocutora a mentir sobre un posible ingreso! Tal vez la habría sacado de un sueñecito, aunque no era tan tarde, o de su cotilleo del móvil. Así que desechó pronto su pequeña alerta.

 

 

 

 

Molina encontró el coche a los pocos minutos de salir. Estaba a escasos metros de la entrada del piso. En aquella zona residencial era fácil aparcar todavía. Lo abrió, entró y colocó el bolso en el asiento vacío. Arrancó dispuesto a trasladar el coche. Pensó que cuánto antes lo hiciera, mejor. Así lo alejaba más del lugar del crimen, y pasaría desapercibido si lo hacía ahora. Se le ocurrió que el mejor sitio para abandonarlo era alrededor del centro, para dar la impresión de que Beatriz había desaparecido allí. Cruzó la autovía por el puente elevado y, medio kilómetro después, pasó por delante de la Comisaría de Policía, situada en la plaza Manuel Azaña. En aquel momento la inspectora Herrero atendía una denuncia de desaparición formulada por un tal Juan Corbacho. Mientras atravesaba Carranque, fue echando por la ventanilla los trocitos de los carnés. Había poco tráfico a esa hora, algo más de las once. Tenía en mente el lugar en donde podía dejar el coche, un sitio que él había usado en alguna ocasión y que estaba muy próximo a la zona comercial del centro. Dejó la Avenida de Andalucía, dobló hacia Armengual de la Mota y condujo por algunas calles laterales hasta aparcar el coche en un parking exterior, cerca del Málaga Plaza. Era una zona de gorrillas, pero, como él suponía, a esa hora, ya no quedaba ninguno. Se bajó del vehículo, se puso la gorra para evitar ser reconocido y se dirigió, con el bolso bajo el brazo derecho, en dirección a la avenida de Andalucía. Mientras caminaba por una acera del Málaga Plaza, se percató de una cámara colocada el final del edificio. Ya era tarde para retroceder y buscar otro camino. Así que caminó pegado a la pared, agachó la cabeza y levantó el cuello de la chaqueta hasta la gorra, tapando su rostro. En la primera papelera que encontró, ya en Armengual de la Mota, depositó el contenido del bolso. En la siguiente, tiró la prenda y sus guantes. Luego cruzó la calle Hilera y esperó delante de un quiosco de prensa a que pasara un taxi. Tuvo la precaución de no indicarle al taxista la dirección de su piso, sino que le pidió que lo llevara al Hospital Virgen de la Victoria, que estaba cerca. Allí se bajó, se dirigió a la entrada del complejo sanitario, pero cuando estuvo seguro de que el taxi se había marchado, volvió a dirigirse a la salida y caminó hasta su domicilio.

Marchaba angustiado, tambaleante. Era consciente de que todo se había iniciado, que ya no podía haber marcha atrás, porque había destruido pruebas. De todos modos, quedaba la parte más delicada y dificultosa, el desembarazarse del cadáver.

          Abrió la puerta de entrada al edificio. Subió por el ascensor y entró de nuevo en casa. No había encontrado a nadie en el trayecto desde el Hospital, salvo algunos taxis nocturnos. Fue al salón. Apartó las butacas y la mesita de cristal. Luego, en la cocina, buscó y encontró unos guantes de plástico que casi nunca usaba, pero que en esta ocasión le serían de gran utilidad. Se los puso. Intentaría no dejar huellas en el cuerpo de la que, hasta el día anterior, había sido su amante. Lentamente la fue desnudando. Con suma tristeza se dio cuenta de que esa acción la había hecho en varias ocasiones, sobre la alfombra, ahora ensangrentada, pero que ahora lo hacía por última vez y, lo que era peor, sin las caricias y jugueteos cómplices de Beatriz, ahora rígida, fría y muerta. Lloró una vez más. Cuando terminó anudó la ropa, haciendo un hatillo. Fue al dormitorio y volvió con varios sacos de plásticos, de los usados para proteger los trajes. Los partió, los extendió y los colocó sobre la alfombra. Luego levantó el cadáver y lo depositó cuidadosamente sobre el lecho que había formado. Pasó su mano enguantada por el rostro yerto de Beatriz, por el cuello, por el pelo... Creía que así podía borrar posibles huellas. Esto le produjo una amarga sensación, la de estar acariciando por última vez a quien tantas horas de placer le había dado. Se le escaparon más lágrimas. Se quedó arrodillado delante del cuerpo, gimiendo largo rato. Luego enrolló la alfombra. Dobló los extremos. Se levantó. Fue a su estudio, cogió un rollo de cinta adhesiva para empaquetar. Con este fuerte envoltorio aseguró los extremos de la alfombra. Si alguien le veía salir, o en el ascensor, cosa improbable, cuando saliera de madrugada, contemplaría a un vecino cargando una alfombra, nada más. Bajaría directamente al parking, colocaría el bulto en el portaequipajes del coche, lo transportaría y lo arrojaría al monte. Cuando ya tenía hecho el paquete, se dispuso a borrar todas las huellas de la tragedia. Empujó el sofá, donde antes había estado Beatriz, hasta la pared, encendió las luces y lo examinó con detenimiento. Había algunas salpicaduras de sangre, que se habían extendido incluso en el suelo. Buscó algunos productos y se puso a limpiar cuidadosamente el mueble, dejando el suelo para cuando volviera. Limpió también todo el cuarto de aseo, los restos de su vómito, las huellas en el cristal del armario de baño. Se quitó la camisa en busca de algún rastro de sangre; no encontró ninguno. Fregó el aseo. Luego fue al dormitorio. Tiró de las sábanas, las hizo un lío, las juntó con la camisa y los pantalones del día y fue con todo hasta la lavadora. En poco segundos, el tambor giraba borrando los restos de la última tarde de Emilio y Beatriz.

 

 

 

Mar llegó a casa alrededor de las doce y media. Se había entretenido al salir. Estaba cansada. Había empezado su trabajo a las tres de la tarde y terminado a las doce de la noche. Siempre era así cuando tenía guardia. Y menos mal que no era la de madrugada, turno que le correspondía una vez cada quince días. Jorge estaría en la cama, seguramente. Se quitó la chaqueta y los zapatos cuando entró en el piso. Vio luz en el dormitorio. Fue hasta allí desembarazándose de la blusa, y comprobó que su marido leía. Se acercó y le dio un beso.

—¿Qué tal el día? —preguntó Jorge mientras miraba los pechos suspendidos que Mar le había ofrecido al inclinarse, y que parecían querer desprenderse del brassier.

—Ufff... muy cansada; ha sido agotador. Me tomaré un vaso de leche antes de acostarme.

Iba a seguir descorriendo la cremallera de sus vaqueros, pero se abstuvo de hacerlo. Se había percatado de la mirada lasciva de Jorge y pensó que lo último que le apetecía esa noche era tener sexo. Su libido no estaba en forma. Mientras salía del dormitorio le oyó preguntar:

—¿Novedades?

—Pues... nada importante, cari. Hemos detenido a Pepe Bocanegra y, al parecer, la central va a inspeccionarnos el próximo año; Galeote sigue igual de gilipollas y Reme está ya de baja por su embarazo. Por lo demás, rutina, rutina y más rutina. ¿Y tú?

Evitó mencionarle la desaparición de Beatriz porque no tenía ganas de enfrascarse con él contándole los detalles. Ya habría ocasión al día siguiente, si no aparecía. En la salita se desembarazó al fin de los vaqueros. A Mar le encantaba ir ligera de ropa por el piso, andando descalza y frotando su piel sobre el cuero del confortable sofá. Era muy comedida en su vestir diario, nunca llevaba ropa insinuante, vestía siempre lo más cómoda posible, debido a la actividad policial, pero en su casa era atrevida y desinhibida.

—Bueno ya sabes que en mi trabajo ocurren pocas novedades —respondió Jorge, que era visitador médico—. ¿Has cenado?

—Me tomé un montadito en “La Taurina”, con Asun.

Llegó hasta la nevera y sacó un envase de leche fría. Pese a ser otoño, sentía calor. Llenó un vaso. Se echó a peso sobre el sofá, se tumbó luego, cogió el mando de la tele, la encendió y se puso a zapear. Los informativos, los debates del corazón y la corrupción política pululaban por las cadenas, que ella saltaba sin parar, alguna película porno y, sobre todo, publicidad machacona. Sorbió un poco de leche, se le atragantó y la expulsó en varios hilillos blancos, que se fueron deslizando desde sus labios semiabiertos hasta los pechos, ocultándose bajo el canalillo. Se mordió varias veces su labio inferior, excitada por una escena caliente que mostraba uno de los canales. Cambió de posición, apretó sus muslos y cerró los ojos. Estuvo así varios minutos, mirando de reojo, acurrucada placenteramente. Pensó en irse a la cama y consumir con Jorge la calentura que le había entrado, pero se contuvo; pensó que, en verdad, seguía sin apetecerle un encuentro sexual aquella noche. Se sentía confundida. Cerró los ojos, se serenó y terminó de beberse la leche. Se limpió el pecho y extendió por el abdomen el hilo lácteo, que había alcanzado e inundado a su ombligo. Cambió de canal y durante unos minutos más estuvo delante de un telediario, sin enterarse qué noticias daban. Volvió por instinto a zapear, y a los pocos segundos apagó la tele. Intentó relajarse. Pasó las manos por el rostro, secándose el sudor, hasta encontrarse con sus cabellos rubios, que estiró hacia atrás. Estuvo largo rato pensando, preguntándose qué fallaba en su relación, ya que estaba segura de su amor por Jorge y en la cama habían pasado momentos inolvidables. Se dijo, para tranquilizarse, que sólo era cansancio y que otro día la cosa cambiaría. Así vio cómo el reloj marcaba la una, fue a acostarse, y comprobó satisfecha que su marido roncaba ya. Pasó por el cuarto de baño y a los pocos minutos dormía plácidamente.

 

 

 

    Molina intentó dormir un poco. Puso el despertador para levantarse a las 3 y se echó en la cama. Fue inútil. Estaba excitado por los acontecimientos y no podía conciliar el sueño, pese a que había hecho un gran esfuerzo limpiando todo el piso y preparando el cadáver, envuelto en la alfombra. Se levantó. Volvió a la terraza. El primer frescor otoñal se notaba ya. Miró su reloj de pulsera. Pasaban ya casi cuarenta minutos del nuevo día, vienes, 6 de Octubre. Estuvo un rato aspirando la brisa. Empezó a dolerle un poco la cabeza. Entró y fue al salón. Arrastró el cuerpo envuelto hasta el vestíbulo. Se sentó y se puso a ver la televisión. No le interesaba nada de lo que emitían, así que zapeó por las cadenas, pasando spots publicitarios, debates políticos de madrugada, telefilmes americanos y algún que otro canal en donde emitían porno. “Joder… para eso estoy yo ahora”, se dijo, abandonado enseguida la visión, que en otro momento le hubiera resultado excitante. Era muy temprano para proceder al traslado del cadáver. Necesitaba que entrara bien la madrugada, para no encontrarse con nadie en el trayecto del piso hasta el parking del sótano, y para luego tener poco tráfico en su salida hacia Los Montes. Dormitó durante más de una hora, rendido ya su cuerpo por el trasiego que había tenido y sin prestar atención a la cháchara desplegada en un programa de debate del corazón, que fue donde finalmente detuvo su zapeo con el mando a distancia. Así fueron pasando los minutos, entre el sopor de su cabeza y las musiquitas de la publicidad televisiva, que le sonaban muy lejanas. Cuando al fin decidió levantarse y apagar la tele, se dio cuenta que faltaban dieciocho minutos para las tres de la madrugada, que se estaba acercando el momento esperado.

    Bebió un vaso de agua del expendedor de la cocina, se refrescó la cara, se puso bien la ropa y decidió ponerse en marcha. Lo primero que pensó hacer fue echar un vistazo por el trayecto previsto hasta el sótano, para ver que no había inconveniente alguno en hacer el traslado. Aprovecharía para llevar el hatillo preparado al maletero. Lo normal es que el recorrido lo hiciera sin testigos, dada la hora tan tardía, pero si alguien aparecía, debería sacar la conclusión de que él estaba trasladando una alfombra; claro que podría preguntarse por qué hacía a una hora tan intempestiva como aquélla. Lo mejor sería, desde luego, no encontrar a nadie, pero nunca se estaba seguro: algún juerguista nocturno que volvía, alguien que salía de viaje, algún insomne andariego... era un riesgo que tendría de correr.

    La primera inspección ocular fue positiva. Tomó el ascensor y bajó al garaje. Tuvo que utilizar la llave de propietario para llegar directamente allí. Una vez abajo, comprobó que no había actividad aparente, que todos los coches estaban silenciosamente reposando en su plaza y que no se vislumbraba ningún peatón por los alrededores. Ojalá ocurriera lo mismo cuando trasladara el cuerpo de Beatriz. Fue hasta su coche, abrió el maletero, dejó el hatillo y cerró, sin echar la llave. Eso le facilitaría la operación de carga. Regresó al piso.

    Estuvo esperando un rato más, intentado tranquilizarse. Al fin decidió que era el momento de emprender la tarea. “¡Cuánto antes lo haga, mejor!”, se dijo. Volvió a colocarse los guantes. Entreabrió la puerta del piso. Encendió la luz de la escalera. Llamó al ascensor. Luego fue hasta el salón y levantó el bulto hecho con la alfombra. Lo cargó, doblándolo sobre su hombro. Esperaba que nadie lo viera. Salió al pasillo, cerró la puerta de un golpe y se dirigió al ascensor. Utilizó su llavecita para ordenar la bajada al sótano. Los pisos fueron quedando atrás más lentamente que de costumbre, creyó, pero, por suerte, el ascensor no se detuvo en ninguno, lo que era previsible dada la tardía hora. Salió y accedió al vestíbulo que conducía al parking. Abrió la puerta metálica. Todo estaba en silencio. Encendió las luces y se dirigió a su coche. Mientras cruzaba sorteando los vehículos oyó abrirse la puerta de entrada del exterior. Alguien llegaba. Se sobresaltó, se detuvo y se ocultó tras uno de los pilares. Efectivamente, un coche bajaba la rampa de entrada. Mejor que no le viera nadie. Esperó a ver qué dirección tomaba. Lamentablemente, venía hacia él. Entonces se echó al suelo con el bulto y se colocó entre dos coches. Vio el resplandor de los potentes faros acercándose. El vehículo pasó por una de las calles y se fue alejando poco a poco. Él permaneció inmóvil, en la oscuridad. Era muy probable que no advirtieran su presencia si se estaba quieto y no hacía ruido. El motor runruneó hasta que se paró en seco. Luego se abrieron dos puertas y unas risas retumbaron entre las paredes. Era seguramente una pareja que regresaba a casa después de una noche de juerga. La mujer parecía ebria. Reía descaradamente comentando una anécdota que a Emilio no le interesó entender. Vio asomar los zapatos femeninos bajo el chasis de un coche. Luego aparecieron los masculinos que se aproximaron a los de la mujer. Se produjo un silencio imprevisto. Las risas cesaron. A Emilio le atenazó un temor: ¿le habrían descubierto y por eso callaban? Se le hizo un nudo en la garganta. Pero enseguida se dio cuenta del motivo cuando vio que los zapatos se alternaban, jugueteaban y se cruzaban entre sí: la pareja estaba besándose. Escuchó incluso un susurro lascivo, unas risas excitadas, una proposición para concluir arriba el encandilamiento que los embriagaba. Los zapatos se separaron, comenzó un taconeo que se fue perdiendo poco a poco. Emilio asomó la cabeza y pudo ver a un hombre y una mujer, de espaldas, abrazados, tambaleantes, en dirección a puerta de acceso al interior. Poco después de que aquélla se cerrase, cuando Emilio se disponía a incorporarse, se apagó la luz automática. El joven lanzó un leve lamento de contrariedad. Al levantarse para ir a buscar un punto de luz, se golpeó en la ceja con un espejo retrovisor del coche junto al cual había estado yaciendo.

—¡Joder! —masculló.

    Se tocó y notó que brotaba algo de sangre. Ya incorporado, dejó el bulto entre los coches y se dirigió hacia el primer punto de luz señalizado, en una columna próxima. De nuevo se iluminó el garaje. Volvió a tocarse la ceja y comprobó que, efectivamente, tenía un hilillo de sangre. Era un contratiempo grave, no por la herida, de escasa importancia, sino porque ese pequeño detalle podría dejar algún rastro en su acción, que debía ser inmaculada. De hecho, sus guantes estaban manchados y debería tener cuidado en no tocar el cadáver. La alfombra no importaba, porque había decidido desembarazase de ella, quemándola, cuando hubiese abandonado el cuerpo en alguna parte. Pensó en regresar con el cadáver al piso y curarse la ligera herida, pero desechó de inmediato la idea. ¿Quién le garantizaba que en el camino de vuelta no le surgiría algún problema? Tal vez seguían en el ascensor los amantes, con su morreo antes de llegar a la cama. Decidió seguir. No había vuelta atrás. Como el cuerpo estaba envuelto, no iba a recibir ninguna gota de su sangre. En cuanto a cualquier posible rastro en su coche, ya se encargaría él de limpiarlo cuidadosamente. Se agachó y levantó otra vez el bulto. Fue llevándolo en suspensión hasta su coche, que estaba cerca, en uno de las plazas laterales. Dejó el envoltorio en el suelo y abrió el vehículo pulsando la llave, haciendo el correspondiente ruido. Levantó la puerta del maletero. Cuidadosamente colocó el bulto dentro y cerró. Lanzó un suspiro de satisfacción y se enjugó el sudor. Había cubierto bien la primera parte de su plan. En ese momento volvió a irse la luz, pero no fue a encenderla, ya no era necesaria. Quería terminar del todo lo antes posible.

          Ya afuera, condujo en dirección a la salida de la ciudad por la Ronda del Oeste. Al pasar el túnel, salió en dirección a Ciudad Jardín, atravesando por Valle Inclán. Iba muy despacio, mirando con cuidado por el espejo retrovisor y atendiendo con sus cinco sentidos a la conducción. Debía estar preparado y alerta por si surgía cualquier imprevisto. Había poco tráfico, dada la hora: algunos coches fugaces, taxis, el camión de la basura... En uno de los semáforos en rojo, se estacionó enfrente de él, al otro lado de cruce, un coche de la policía de tráfico. Se autosugestionó de que no ocurría nada anormal, que debía continuar sereno. Al terminar la avenida, llegó hasta la salida de Málaga por Ciudad Jardín, pero no la tomó, sino que la cruzó, saliendo luego por Los Naranjos, lo que le permitió acceder a la Carretera de los Montes. Pasó por encima de la autopista a Almería y poco a poco fue dejando atrás las luces de la ciudad. Ahora debía encontrar un buen sitio, lejano a Málaga, para arrojar el cuerpo. 

 

 

 

Juan Marín era uno de los agentes de guardia en la madrugada del viernes seis de octubre. Estaba adscrito a la Brigada de Homicidios y Desaparecidos. Aquel día no se hallaba presente en comisaría ninguno de los inspectores y subinspectores de la brigada, por lo que la mayor responsabilidad recaía sobre él. Pero era una noche tranquila. Se encontraba sentado en una mesa, justamente delante del despacho de Adrián Galeote, el inspector-jefe, pasando el tiempo haciendo un sudoku sacado de la prensa local. A las tres y tres minutos recibió una llamada de la central de telefonía:

—Una patrulla acaba de comunicar que han encontrado el coche de la desaparecida, Beatriz Ariza, en el centro, cerca de Armengual de la Mota.

Marín no sabía nada del caso, así que dijo:

—Tócamela otra vez, Sam.

Era la jerga que empleaban en comisaría para pedir a un interlocutor que informara con más detalle y precisión.

—Esta noche, cuando estaba de guardia la Herrero, un hombre ha denunciado la desaparición de su esposa. La inspectora, antes de irse, dio órdenes a las patrullas para que intentaran localizar el coche de la mujer, que estaría previsiblemente en el centro, según su marido. Eso fue alrededor de las once y media. Ahora una patrulla lo ha encontrado en la calle del Cerrojo, en un aparcamiento exterior vigilado por gorrillas.

—Entendido, chaval. Allá voy.

No tenía nada mejor que hacer. Así que pensó que una vueltecita por la ciudad, tomando el aire fresco de la madrugada, no le vendría mal. Llamó al agente Santos, amigo suyo, para que le acompañara. Ambos, en un coche oficial, enfilaron la avenida de Andalucía.

—Así que ha desaparecido otra tía. Llevamos de casos… —dijo Santos para iniciar la conversación.

—Coño, no son tantos. Tres o cuatro hay pendientes.

—¡Qué va, y más! Algunos lo que pasa es que son de hace años. Ahora se trabaja en unas pocos, pero hay muchos abandonados, sin resolver.

—Esperemos que esta desaparición se resuelva rápido.

Giraron la plaza del poeta Estrada y enseguida estuvieron al final de la calle del Cerrojo. Llegaron hasta donde había un coche patrulla de la policía con las luces azules parpadeando. Junto al vehículo se encontraban dos agentes. Tras los saludos de rigor, uno de los policías señaló a un Opel Astra de color azul claro.

—Ese es el coche.

—¿Lo habéis examinado por dentro? —dijo Marín mientras se ponía unos guantes de látex.

—Por supuesto que no. Además, está cerrado. Es el modo de proceder. Esperábamos órdenes.

—Cojonudo. Habéis actuado de puta madre.

—¿Algo anormal por la zona?

—No, nada. Teníamos la descripción del coche, con su matrícula, y hemos estado buscando desde las doce. Hace un cuarto de hora dimos con él.

Marín miró al interior. No distinguió nada anormal. Luego volvió al coche patrulla y llamó a comisaría pidiendo que apareciera alguien de guardia de la científica para la inspección ocular.

—No deberíamos abrir el coche —apuntó Santos—. Deja esa decisión al inspector-jefe. Basta con que haya una patrulla aquí vigilándolo hasta las ocho, hora en que entra Galeote.

—No. No sería lo correcto. Tenemos que abrir el maletero. ¿Y si estuviera ahí el cadáver de la desaparecida? En ese caso, debemos saberlo cuánto antes. Hago lo preceptivo en estos casos.

—También podrías llamar a Galeote ahora… —insistió Santos.

—¿Por encontrar un coche? No. Además, seguro que no sabe nada de esta denuncia aún. La que estaba de guardia era la rubia. No voy a llamarlo a estas horas sólo por haber encontrado el coche de una desparecida que… ¿quién sabe?, a lo mejor está ahora follando con algún menda. Se enterará a la ocho. Yo seguiré el protocolo. No voy a abrir el coche. Lo hará un equipo de la científica, como es preceptivo. Solo es una desaparición, no un homicidio. No hay que alarmarse.

La pareja de la policía científica apareció a los pocos minutos. Acordonaron el coche con la cinta y, siguiendo las instrucciones de Marín, abrieron el vehículo, tanto el maletero, que estaba vacío, como la puerta del acompañante del conductor. No había nada anormal a simple vista.

—De momento es cuanto podemos hacer —dijeron al terminar la inspección ocular—. No se nos está permitida la obtención de huellas hasta que un inspector lo ordene. Tenemos que esperar la llegada del día, a no ser que usted, como responsable de guardia de la Brigada, estime que el caso es urgente. Si fuera así, deberíamos despertar al inspector correspondiente.

—No, no es urgente. Es sólo el coche de una desaparecida de hace unas pocas horas. Puede haber centenares de motivos para que una persona no haya llegado a su casa aún. Tal vez vuelva todavía por aquí a recogerlo. Esperaremos a mañana. Dejaré una patrulla vigilando.

 

 

 

A Emilio Molina, nada más salir, le pareció que detrás de él iba un coche que parecía seguirle. Llevaba bastante tiempo con sus faros encima, sin adelantarle. Así que optó por detenerse, a la altura del restaurante de la Minilla. Aparcó allí, delante del establecimiento, y observó al coche pasar, perdiéndose tras la primera curva. El edifico estaba a oscuras. Salió del coche y cruzó la carretera. Cerca de allí había un desguace y, al lado, un descampado, que empezaba a ser construido, desde el que divisaba una bella vista de la ciudad iluminada, con sus amplias avenidas, y de la salida de la A-45. Paseó unos minutos por el lugar y contempló el paisaje. Había una fuerte pendiente a sus pies. Pensó que tal vez allí podría arrojar el cadáver, pero enseguida desechó la idea, ya que sería encontrado muy pronto: los edificios estaban cerca, cualquier niño podría dar con el cuerpo, en una de sus correrías, o los albañiles que construían allí. Le interesaba que el cuerpo fuera encontrado lo más tarde posible, para que le permitiera a él borrar los rastros que pudieran quedarle, tranquilizarse y olvidarse del asunto. Nadie debería relacionarlo con Beatriz, la suya había sido una relación discreta y secreta, pero, nunca se sabe, si la policía llegaba algún día hasta él, no debería tener ningún indicio de que el crimen se cometió en su piso. Estuvo un rato contemplando el magnífico paisaje nocturno y volvió al coche. Decidió conducir más arriba más y terminar su tarea en algún lugar apartado y de difícil acceso. Tenía en mente, más o menos, el sitio idóneo.

Pasados unos pocos kilómetros, paró de nuevo a la izquierda, a la entrada de un camino forestal. Era una noche plácida, de luna casi llena, ideal para sus planes, porque le permitía ver la validez o no del lugar. El camino tenía una barrera de hierro que impedía el acceso a los vehículos, pero él entró andando unos metros. Estaba, seguramente, en los límites del parque natural. Pensó que tal vez aquel sería un buen sitio. Había un gran desnivel a la derecha del camino. No obstante, volvió a descartar la idea por el mismo motivo que antes: que sería rápidamente encontrado, ya que conocía el sitio y sabía que estaba cerca de dos ventas de carretera, la del Boticario y la del Mijeño. Aprovechó para orinar en el camino y volvió a subirse en el coche. Pasó por las ventas, cerradas ambas, y por el cruce para el Centro de Recuperación del Molino. Luego dejó el Mirador, en donde vio a una pareja besándose fuera de un coche. El restaurante de allí aún estaba abierto. Giró en la amplia curva de casi 360º y se dispuso a penetrar en los sitios más solitarios de la carretera. Atravesó los dos túneles y las cerradas curvas que los enlazaban. El tráfico por la carretera era escasísimo. A la izquierda estaba bordeando los límites del Parque y había unos terraplenes muy pronunciados, con barranqueras boscosas y solitarias. Pensó que estaba transitando por el lugar apropiado. Llegó a la venta El Detalle, pero no se detuvo porque vio una luz dentro. Siguió conduciendo hasta que llegó a la Fuente de la Reina. Aparcó y se bajó. Echó un vistazo al lugar. Estaba solitario y silencioso. El pequeño bar-restaurante se encontraba cerrado. Llegó hasta el caño y sorbió un poco agua. Permanecía muy tranquilo y no debía precipitarse, pero algo en su interior le decía también que tanta parsimonia no era aconsejable. Podría surgir cualquier inconveniente. Era preciso terminar lo que tenía planeado. Volvió a ponerse en marcha, llegó hasta el Puerto del León y, tras atravesarlo, comprobó que el paisaje cambiaba, que los desniveles desaparecían y que los mejores lugares habían quedado atrás. En el cruce de Torrijos dio la vuelta. Volvió a pasar por el puerto, la fuente, el cruce del hotel y, al fin, vio un amplio arcén rodeando la curva más pronunciada de la carretera, que giraba mucho más de 180º, en una bajada tortuosa y poblada de vegetación. Detuvo el coche. Se bajó para mirar, pero comprobó muy a su pesar que el desnivel no era tan grande como él suponía. Así que decidió seguir. Pasado el lugar, fue comprobando como el desnivel aumentaba, pero tenía un inconveniente, no había arcén por allí. Tendría que parar el coche, dejarlo con las luces de avería, bajarse, buscar y arrojar el cadáver y eso le requería algunos minutos, aunque pocos. Tendría que buscar un arcén apropiado. Volvió a pasar por El Detalle, ya con la oscuridad más absoluta. A unos pocos metros, tras pasar una primera curva encontró otra, que giraba a la izquierda y que tenía un amplio arcén. Paró el coche, se bajó y miró al precipicio. Sí, era un buen lugar. No obstante siguió andando unos metros hasta abandonar la curva y comprobó que el sitio era más idóneo aún, ya que la barranquera aumentaba de desnivel. Además había un pequeño espacio entre los muros de piedra que protegían el margen de la carretera y en el que casi cabía el coche. Volvió a él, lo arrancó y lo deslizó hasta encajonarlo entre los muros. Se bajó y comprobó otra vez el gran talud que había bajo sus pies. Iba a realizar la acción de sacar el bulto cuando vio el destello de un coche que bajaba por la carretera. Se subió y esperó a que pasara. Cuando al fin todo volvió a quedar oscuro, salió y abrió el maletero. Cargó con el cuerpo enrollado, lo transportó a hombros, atravesó los muretes y se dispuso a arrojarlo. Lo lanzó por el desnivel, con tan mala fortuna que se le escapó la alfombra con él. Farfulló un “¡Me cago en la puta!”. Afortunadamente el cadáver rodó sólo un poco, hasta encontrar un obstáculo y la alfombra quedó suelta, por lo que pudo recuperarla bajando un poco y recogiéndola. Comprobó entonces que el cuerpo se encontraba tras el tronco de un árbol, que había cortado su descenso, y que estaba parcialmente oculto por algunos matorrales, por lo que, tal vez, tardarían muchos días, tal vez semanas, en descubrirlo. Colocó la alfombra en el maletero y arrancó el motor, iniciando el descenso a la ciudad.

Pensó, mientras conducía lentamente, que todo había salido bien. Ahora, sin el cadáver, debería iniciar un meticuloso proceso de limpieza para destruir cualquier posible prueba de la muerte de la que, hasta ayer mismo, había sido su amante. Se le hizo un nudo en la garganta al recordarla. La alfombra sería el primer objeto a destruir. Tendría suficiente restos de sangre para creer que la podría limpiar totalmente. Mejor era quemarla y hacerlo esa misma noche. No debía volver al piso con pruebas incriminatorias. Así que, una vez en la ciudad, se dirigió a la A-45,  llegó hasta la primera gasolinera, que estaba abierta toda la noche, y compró un frasco de alcohol en la tienda. Luego salió en dirección al Embalse del Agujero. Buscó un lugar apartado, resguardado y solitario, para prender fuego a la alfombra y el hatillo, previamente rociados con alcohol. Cuando quedó reducida a cenizas, las esparció un poco, utilizando las hojas de una vieja revista que tenía en el maletero. Al día siguiente compraría una nueva alfombra y le diría al casero que la anterior se quemó (lo que, por otra parte, era verdad) y que decidió sustituirla por otra mejor.

Una vez que hubo terminado la tarea, se alisó la ropa, se limpió el sudor y se dispuso a volver. Arrancó el coche y volvió por el camino hacia la autovía. A los pocos minutos estaba en su piso de Teatinos.

Se echó en la cama y en su mente desfilaron todos los acontecimientos de la noche. ¿Habría cometido algún fallo en la acción de deshacerse del cadáver? Creía que no. Sentía la gravedad de su acción, pero no podía hacer otra cosa. Su ascenso en la universidad y en la política municipal eran inminentes, y no podía permitir que nada lo enturbiara. Sintió ganas de llorar. Arriesgaba mucho, se lo jugaba todo. ¿Cómo podía haber llegado a esta situación, a este horrendo crimen? Su mente escudriñaba, intentando dar respuestas a las múltiples preguntas. A los pocos minutos, su cuerpo, rendido por la ajetreada noche, se entregó a Morfeo.

 

 

 

© Antonio Gómez Hueso