Interior de una vieja casa en la cumbre del monte Manchel. Paredes semiderruidas, una ventana entre grietas, piedras desperdigadas y algunas plantas invasoras. La Luna se enciende y se apaga constantemente. Silencio. De vez en cuando, algunos ruidos propios de la noche: el gorjeo de algunas aves, el canto de los grillos, la presencia de un perro...

 

VOZ.– (Cantando desde dentro.)

ANA MARI.– Juan. (Silencio.) ¡Juan!

JUAN.– ¿Qué...?

ANA MARI.– Levántate.

JUAN.– Ahora. (Sigue echado.)

ANA MARI.– No oigo la música. La verbena ha terminado. Levántate, debe ser muy tarde.

JUAN.– (Se incorpora.) Me duele la cabeza...

ANA MARI.– ¿Estás seguro de que era esta noche?

JUAN.– Claro.

ANA MARI.– ¿Qué hora es?

JUAN.– (Mira su reloj.) ¡La una menos cuarto! ¡Qué tarde!

ANA MARI.– Se nos ha pasado el tiempo sin darnos cuenta.

JUAN.– Sí. Es extraño.

ANA MARI.– ¿Estás seguro de que era esta noche?

JUAN.– (Pensativo.) Desde luego; "la noche de la víspera de nuestra boda..."

ANA MARI.– "...hacia la medianoche", ¿no? Hace tiempo que dieron las doce.

JUAN.– Sí, y es extraño. (Se lleva la mano a la frente.) Me duele tanto la cabeza...

ANA MARI.– Vámonos, Juan. Tengo miedo.

JUAN.– ¿Miedo?

ANA MARI.– Sí. La Luna se ha escondido entre las nubes.

JUAN.– Estoy yo contigo.

ANA MARI.– (Le abraza.) Vámonos, Juan. Es muy tarde ya.

JUAN.– Tenemos que esperar.

ANA MARI.– ¿Hasta cuándo?

JUAN.– Hasta que oigamos el primer gallo. Entonces podremos irnos con tranquilidad. Antes no.

ANA MARI.– Tengo miedo.

JUAN.– No seas tonta. Yo estoy aquí. (Pausa.)

ANA MARI.– Dime, Juan: ¿No te arrepientes de estar conmigo?

JUAN.– ¡Qué tonterías dices, Ana! Te quiero; lo sabes.

ANA MARI.– A veces te noto triste, preocupado y llego a pensar si será por mi culpa.

JUAN.– No, cariño. Es verdad que, de vez en cuando, estoy algo serio, pero ni yo mismo sé decir por lo que es. Desde luego, no es por ti. Si estoy contigo me encuentro contento por dentro, aunque por fuera, a veces, no se me note.

ANA MARI.– ¿De verdad?

JUAN.– SÍ. (Pensativo.) Es muy raro. Cuando voy por las noches conduciendo por esas carreteras de Dios, me surge un gran dolor aquí dentro. (Señala su pecho.) Esos caminos interminables, infinitos, esos puntos de luz tan lejanos, esa soledad inmensa de la noche. A veces pongo la radio y me distraigo un poco, pero en otras ocasiones la tristeza me envuelve y la radio, aunque funcionando, no entra en mis oídos.

ANA MARI.– Debe ser tan duro ir diariamente conduciendo de noche y de día...

JUAN.– Muy duro, sí. Al principio me gustaba. ¡Qué bonito –me decía– conocer lugares nuevos, gente nueva! Además, con una cierta independencia; uno podía parar donde quisiera, comer lo que quisiera, dormir donde quisiera. Al principio, como te digo, me gustaba. Después, poco a poco, fue apareciendo la oscuridad, el silencio y la soledad de la noche.

ANA MARI.– Esa tristeza... ¿sólo te llega por la noche?

JUAN.– Sí. De día sigo estando bien, normal, conduciendo alegre; bueno, ya me entiendes, no es que vaya riendo, no; unos días tiene uno ganas y otros no; pero, desde luego me comporto con normalidad. El vacío me llega sólo por las noches.

ANA MARI.– Qué raro...

JUAN.– Además, sólo cuando conduzco. Ahora, por ejemplo, si no fuera por este maldito dolor de cabeza, me encontraría totalmente bien. Cuando estoy en Fuente del Conde, o en Iznájar, o en cualquier sitio de por aquí, estoy estupendamente. (Su rostro se torna de nuevo grave y pensativo.) Sin embargo, cuando tengo el volante del camión y es de noche...

ANA MARI.– ¿Por qué no dejas de conducir por las noches?

JUAN.– Cuando puedo, eso hago. Pero otras veces es necesario. Hay una carga que debe estar en cualquier sitio a las nueve de la mañana.

ANA MARI.– A partir de ahora, yo podré acompañarte cuando...

JUAN.– ¿Qué te pasa?

ANA MARI.– ¿No has oído nada?

JUAN.– ¿Qué ha sido?

ANA MARI.– No sé. Parecían pisadas que se alejaban rápidamente.

JUAN.– (Se sienta.) Algún conejo...

ANA MARI.– ¿Serán ellos?

JUAN.– No. Ellos no hacen ruido y aparecen de pronto.

ANA MARI.– Tengo miedo.

JUAN.– Debemos esperar. Con un poco de suerte, pronto oiremos el primer canto del gallo.

ANA MARI.– ¿Lo prefieres así?

JUAN.– No se qué decirte. Por una parte sí, por otra no. ¿Y tú?

ANA MARI.– No sé... No los he visto.

JUAN.– Echémonos un rato tranquilos y miremos al cielo. Hay algunas estrellas. Quizás la Luna salga dentro de poco; las nubes se mueven rápidamente.

EL MOJINO.– (Dirigiéndose al público.) Llegaron al bar sobre las siete o siete y media, no recuerdo bien. Ella se quedó fuera, dentro del coche, oyendo música. Él me saludó al entrar y pidió un "cubata" a mi hija. Enseguida vio a Juan Páez, su amigo, y le invitó. Estuvieron hablando animadamente. "¡Mojino –me dijo– bebe con nosotros! Te invito. Hoy celebro mi despedida de soltero". Aunque no tenía ganas, por no despreciarle la invitación, me puse una copa. No estuve en toda la conversación, ya que tenía que atender la barra, pero sí me enteré de que habían almorzado en Ventorros, en casa de Ana Mari. Juan quería que su amigo le siguiera acompañando en su despedida de soltero; hablaron de ir a Iznájar o a Loja, pero Juan Páez, sabiendo que Ana Mari esperaba, dijo que otro día, que con los cubatas, se tomaron dos cada uno, se consideraba bien invitado. A eso de media hora después, se marcharon. Juan dijo que "iban a la fuente". Hacia la medianoche, me enteré que la madre de él estaba preocupada. No habían aparecido aún por la casa. A la mañana siguiente, 20 de Marzo, un zagal que sulfataba olivos en el cerro Manchel los vio...

VOZ.– (Cantando desde dentro.)

ANA MARI.– ¡Qué frío!

JUAN.– Toma esta manta; cúbrete con ella. ( Lo hace.)

ANA MARI.– Aquella noche del pantano...¿había Luna?

JUAN.– Ellos no aparecen sin Luna.

ANA MARI.– ¿Por qué?

JUAN.– No sé. Lo oí decir...

ANA MARI.– (Mirando al cielo) Entonces, si esta noche no aclara...

JUAN.– Las nubes no dejan de pasar, pero hay tantas, unas encima de otras.

ANA MARI.– Me está entrando sueño...

JUAN.– Duerme un poco.

ANA MARI.– Quiero estar despierta. No me gusta dormir aquí arriba.

JUAN.– No se oye nada...

ANA MARI.– La verbena terminó hace rato.

JUAN.– Pero, además, hay demasiado silencio. Deberían oírse algunos animales.

ANA MARI.– Sí... demasiado silencio. No quiero dormirme; háblame; cuéntame algo de ellos.

JUAN.– Ya te lo he contado otras veces. Sigue doliéndome la cabeza.

ANA MARI.– Has bebido mucho.

JUAN.– Otras veces me ha pasado sin tomar nada.

ANA MARI.– Mañana nos espera el cura.

JUAN.– Y nosotros sin dormir. ¡Qué cara vamos a llevar!

ANA MARI.– ¿Te hace ilusión?

JUAN.– No sé. Nosotros llevamos mucho tiempo siendo marido y mujer. ¿Y a ti?

ANA MARI.– Sí. Me gusta ir vestida de blanco, oír al cura decir: "¿Quieres por esposo a Juan Espinar Ortiz y prometes amarle y respetarle hasta la muerte?" Se dice así, ¿no?

JUAN.– Creo que sí.

ANA MARI.– Y yo contestarle con emoción: "Sí quiero".

JUAN.– (Evitando el tema de conversación.) Tardan mucho...

ANA MARI.– ¿No quieres hablar de la boda?

JUAN.– No es eso. Estoy preocupado.

ANA MARI.– ¿Por qué?

JUAN.– Es muy tarde ya. Nunca hablan tardado tanto.

ANA MARI.– Bueno, ya vendrán.

JUAN.– Lo dices por decirlo. Parece como si no creyeras que van a aparecer.

ANA MARI.– ¿Por qué dices eso?

JUAN.– Es que es como si todo esto te fuera indiferente. Antes hablaste de bajar a la verbena, luego de marcharnos, luego de que tenías miedo o frío... No haces más que poner dificultades.

ANA MARI.– Ha sido sin querer. No te enfades. Esperaremos lo que sea necesario.

JUAN.– Vendrán. Estoy seguro.

 

 

SACERDOTE.– Yo les dije que Dios no aprobaba su situación, que debían casarse. Vivían juntos desde el día en que decidieron fugarse a Córdoba, a casa de Matilde, una prima de él. Estuvieron allí tres días. A la vuelta, los padres de Ana Mari aceptaron a Juan como prometido y se habló de boda. Vinieron a verme. Yo les indiqué las responsabilidades de un matrimonio católico. Estaban decididos. Fijamos la hora y el día: las diez de la mañana del domingo 20 de Marzo. Poco antes de esa hora supe que la boda no tendría lugar.

 

JUAN.–

VOZ FUERA.– Yo sí respondo, Juan.

JUAN.– ¿Quién habla?

VOZ FUERA.– Soy yo, tu padre.

JUAN.– ¿Dónde estás? No te veo. (Aparece el PADRE.)

PADRE.– Aquí.

PADRE.– ¿Es ella?

JUAN.– Sí.

PADRE.– Es bonita.

JUAN.– Sí, mucho.

PADRE.– ¿Cuándo es la boda?

JUAN.– Mañana a las diez.

PADRE.– ¿En la ermita?

JUAN.– Allí.

PADRE.– ¿Con D. José?

JUAN.– Sí.

PADRE.– Me gusta. ¿Y tu madre?

JUAN.– Abajo. Está bien.

PADRE.– Mucho rato esperando, ¿no?

JUAN.– Sí. Has tardado.

PADRE .– (Señalando a ANA MARIA) Esperé a que ella durmiera.

JUAN.– ¿Por qué?

PADRE.– No quería que te oyera hablar conmigo.

JUAN.– ¿Y Filomena? ¿Y José?

PADRE.– No tardarán. Quise yo verte antes a solas.

JUAN.– ¿Sí?

PADRE.– ¿Es nueva?

JUAN.– La compré el año pasado en Loja.

PADRE.– Parece buena.

JUAN.– ¿Por qué quisiste verme a solas?

PADRE.– Quería hablarte.

JUAN.– ¿De qué?

PADRE.– De la llamada.

JUAN.– ¿Y bien?

PADRE.– Has sentido la misma llamada que sentimos nosotros, José, Filomena y yo, ¿verdad?

JUAN.– Ya te lo dije la última vez que nos vimos.

PADRE.– ¿Ha vuelto a aparecer?

JUAN.– Sí, varias veces más; ¿por qué?

PADRE.– Quería ver si era cosa segura. Temía que sólo hubiese sido un espejismo y el mismo te llevara a tomar una decisión que no quisieras.

JUAN.– No ha sido así. La llamada se ha repetido infinidad de veces. En muchos momentos me he sentido perdido, angustiado. Cuanto más cerca estoy del pantano, con más fuerza aparece. Ayer en Ventorros me ocurrió.

PADRE.– ¿Y esta noche?

JUAN.– Empecé a notarla poco antes de las siete, cuando veníamos a Fuente del Conde. Intenté resistir. Paré en el bar Los Pajaritos, el del Mojino. Intenté emborracharme. Allí vi a Juan Páez y le invité a continuar la despedida en Iznájar; más que nada era un pretexto para evitar venir aquí. No quiso. Dijo que bailaría a la luz de la luna con una chica en la verbena. Cuando nombró la palabra luna sentí que estaba perdido. Cogí el coche y subí con ella hasta aquí.

PADRE.– ¿Lo sabe?

JUAN.– Sí. Le he hablado muy claro. Me quiere. Está dispuesta a seguirme donde sea, aunque, a decir verdad, no debe creer mucho en vosotros. ¿La despierto para que te vea?

PADRE.– (Cogiéndole del brazo) No. Ella no puede vernos. No ha recibido la llamada. Déjala que duerma. Eso nos dará tiempo para hablar.

JUAN.– ¿De qué tenemos que hablar?

PADRE.– ¿Te acuerdas aún de aquel día, hace muchos años, en que te llevé a ver el pantano?

JUAN.– (Recordando.) Sí... Todavía tengo en mi memoria imágenes de entonces.

PADRE.– Hoy hace exactamente veinte años que ocurrió. Tú tenias trece años.

JUAN.– Lo recuerdo todo muy confuso... Íbamos a Iznájar, ¿no?

PADRE.– Sí... llevábamos tres mulas cargadas de aceitunas, acumuladas tras varios días de rebusca.

JUAN.– La vendíamos allí.

PADRE.– Llegó antes la noche que el pueblo. Nos quedamos a dormir sobre una loma. Abajo quedaba el pantano; al frente, las débiles luces de Iznájar. Era una noche como la de hoy. La luna se reflejaba en las aguas e iluminaba los campos.

JUAN.– Me hablaste del pantano, aunque, a decir verdad, no recuerdo exactamente qué me dijiste, pero si sé que me impresionó mucho.

PADRE.– Las aguas crecieron y sepultaron al bajo Iznájar. Todavía, debido a esta sequía, pueden verse los restos de antiguos cortijos próximos al rio.(Pausa.) Se cuenta que una viuda llamada Araceli no quería abandonar su casa y hacia caso omiso al plazo concedido por las autoridades. Las demás familias aceptaron las indemnizaciones y fueron dejando, poco a poco, sus viviendas antes de que se cerraran por primera vez las compuertas de la presa. Pero ella seguía allí. Un día apareció la Guardia Civil para sacarla a la fuerza. Las compuertas se habían cerrado y el nivel de las aguas empezaba, día a día, a subir. Ella se resistió pero no pudo evitar que se la llevaran. Estuvo una noche en la cárcel. A la mañana siguiente, la dejaron salir. Volvió a su casa y comprobó llena de ira, que la habían destrozado. Con lágrimas en los ojos la arregló lo mejor que pudo y continuó allí. Pasada una semana, no pudo verse ni la casa ni la viuda. Fue la primera víctima del pantano.

JUAN.– Vagamente recuerdo ahora algo de esto.

PADRE.– Las aguas no se conformaron con un cuerpo. Pidieron más, siguen pidiendo. Los casos se han sucedido.

JUAN.– (Mirando a un punto de la escena.) Desde aquí no se ve...

PADRE.– Pero se siente. Ahora siento la llamada como en aquella noche.

JUAN.– ¿Es la misma extraña fuerza que me llega a mí?

PADRE.– Sí, Juan; nos llama. Es la misma fuerza de entonces. No podemos hacer nada. Hay que entregarse. Aquella noche te dormiste.(Señala a ANA MARI.) Igual que ella. Yo me quedé solo mirando como la luna se movía en la profundidad de las aguas. Entonces la vi. Salió del pantano lentamente y se fue acercando a nosotros. Quise levantarme, pero no pude. No respondía mi cuerpo. Llegó sonriendo, extendió sus brazos, me invitó a seguirla. Me levanté y cogido de una de sus manos la seguí. Bajábamos hacia el pantano. Yo no quería ir, pero mis fuerzas me habían abandonado. Estábamos ya en la orilla cuando, de pronto, ocurrió algo. La luna se escondió momentáneamente tras unas nubes. Noté entonces que había recuperado mis fuerzas. Me solté y corrí angustiado monte arriba. Te desperté bruscamente, ¿no te acuerdas?

JUAN.– Sí... no lo entendí entonces. Nos pusimos en camino otra vez.

PADRE.– Y llegamos a Iznájar con las primeras luces del día.

JUAN.– No he podido olvidar aquella noche.

PADRE.– Desde entonces, empecé a sentir, de vez en cuando esa fuerte llamada. Yo me resistía, pero cada vez era mayor su fuerza. Me sentía muy amargado. Un día no pude resistir más y la fuerza me venció. Desde entonces, vivo feliz.

JUAN.– ¿Cuándo te diste cuenta de que me perseguía a mí también?

PADRE.– ¡Ah, hijo! Desde mi posición es fácil descubrirlo. Me di cuenta un buen día. Te he estado observando todo este tiempo.

JUAN.– Esta noche la he sentido muy fuerte. He querido huir. Intenté llevarme a Juan Páez, como te he dicho, por ahí. No pudo ser; la luna se interpuso.

PADRE.– No se puede huir eternamente..., no merece la pena.

JUAN.– Es verdad. Es inevitable.

PADRE.– De todos modos, tuya es la decisión: resistir o consentir. 

JUAN.– (Mirando arriba) Ahora ha vuelto a esconderse.

PADRE.– Te ofrece la oportunidad de escapar.

JUAN.– Me gustaría pensar en todo cuanto me dijiste.

PADRE.–Vete, pues. 

JUAN.– ¿Me lo aconsejas? 

PADRE.– Obedece a tu corazón.

(Disminuye la luz hasta llegar al oscuro total. El foco blanco empieza a iluminar a los padres de ANA MARI situados en el proscenio, cara al público.)

PADRE DE ANA MARI.– Estuvieron almorzando con nosotros. Estaban de buen humor. Hablaron de la boda. Juan pasaría a recogernos a eso de las nueve de la mañana. Los cuatro iríamos en su coche hasta la ermita. Allí nos encontraríamos con los invitados.

MADRE DE ANA MARI.– Les hice café. Salieron alrededor de las cuatro a dar un paseo y volvieron dos horas después. Ana Mari se arregló. Él la esperaba entrando y saliendo de la casa. Se fueron poco antes de las siete.

PADRE DE ANA MARI.– Iban a la casa de Juan, en Fuente del Conde. Volverían no muy tarde, nos dijeron. Llegó la noche y llegó la espera. No volvieron. Nos alarmamos muy poco, ya que no era la primera vez que pasaban toda la noche juntos. Creímos que habían pensado quedarse a dormir en la casa de Juan y que volverían por la mañana temprano.

MADRE DE ANA MARI.– Ella tenía aquí su vestido de novia. A las nueve de la mañana estábamos ya muy preocupados. Luego, llamaron a la puerta...

JUAN.– Ana Mari.(Silencio.) Ana Mari...

ANA MARI.– (Se mueve.) ¿Qué...?

JUAN.– Levántate.

ANA MARI.– Ahora.

JUAN.– Ya no me duele la cabeza.

ANA MARI.– Tengo sueño.

VOZ.– (Cantando fuera.)

FILOMENA.– Ya estamos aquí, Juan.

JUAN.– ¡Filomena!

JUAN.– (A José) Hola, José.

JOSÉ.– Hola, Juan.

JUAN.– Padre...

PADRE.– Estoy otra vez aquí.

FILOMENA.– Duerme. Es muy guapa.

JUAN.– Sí.

FILOMENA.– Es la misma noche, ¿verdad, José?

JOSÉ.– Sí, es la misma noche: la de tu padre, la mía después, la tuya al final.

FILOMENA.– Hoy quizás sea la de mi hermano.

PADRE.– ¿Sigue en ti?

JUAN.– El dolor se ha ido; lo otro sigue.

PADRE.– Debemos acompañarte, si así lo quieres.

JUAN.– Sí. Tengo un cierto temor...

FILOMENA.– (Va hacia él.) No te preocupes. Eres libre. Nada te ata a nada. Haz lo que mejor te parezca.

JUAN.– (Se acerca al proscenio.) A veces, cuando me he encontrado solo, como hoy, en la noche, me entra una angustia terrible. Miro al cielo y las estrellas me llaman; todas juntas se acercan a mí, me envuelven, me ahogan. Tengo miedo del cielo, tengo miedo de la noche. Cuando me ocurre eso, me llega una extraña fuerza que me libra del temor y de la tristeza. No sé dónde me lleva, pero sí sé que entonces el cielo nada puede contra mí y esas miles de luces que veo en la carretera dejan de aprisionarme.

JOSÉ.– Nosotros conocemos esa fuerza...

FILOMENA.– No podemos aconsejarte...

PADRE.– Estamos sólo para protegerte...

JOSÉ.– No temas.

FILOMENA.– Eres libre.

PADRE.– Eres tú el que ha de decidir.

JOSÉ.– Ella no cuenta...

FILOMENA.– No nos puede oír ni ver.

PADRE.– No ha sentido esa fuerza... 

JUAN.– (Violento.) ¡No! ¡Hemos jurado no separarnos nunca. Ella vendrá donde yo vaya! Es su deseo.

JOSÉ .– No sabemos lo que puede pasar.

FILOMENA.– Nunca ocurrió nada semejante.

PADRE.– El pantano jamás llamó a dos al mismo tiempo.

JUAN.– ¡Me da igual! No la abandonaré.

JOSÉ.– Yo me marché primero...

FILOMENA.– Yo, después. 

PADRE.– Y antes de vosotros dos, me fui yo.

JOSÉ.– Uno a uno...

FILOMENA.– Paso a paso... 

PADRE.– Noche tras noche...

JUAN.– Me da igual. No la abandonaré.

PADRE.– Hijo: es tarde. Debemos irnos antes de que cante el primer gallo.

JUAN.– Sí. Marchad.

PADRE.– Antes debo saber.

JUAN.– ¿Qué?

PADRE.– ¿Vendrás? ¿Te irás a casa?

JUAN.– Iré con vosotros.

PADRE.– ¿Estás seguro?

JUAN.– Es inútil resistir y además no conduce a nada. Si huyo otra vez, mi sufrimiento se haría interminable.

PADRE.– ¿Te esperamos? 

JUAN.– Sí. Esperad un poco.

PADRE.– Recuerda que es tarde.

JUAN.– No te preocupes.

FILOMENA.– Quiero lo mejor para ti. No te precipites. Hay muchas noches como ésta. Debes estar seguro.

JUAN.– Lo estoy ahora.

MADRE DE JUAN.– Yo sabía que cenarían en mi casa. Cuando la noche fue entrando y ellos no llegaban, mi corazón quedó aprisionado por un fuerte temor. "Estarán en la verbena", me decía para evitar mis dolorosos presentimientos. Pero no conseguía engañarme porque las horas pasaban y pasaban y mi angustia iba en aumento. Cesó la música de la verbena y aquel silencio parecía que me daba voces diciéndome que mis presentimientos eran ciertos. Pensé en mi esposo, en mi hija Filomena... Salí desesperada de la casa. Les busqué. Fui a casa de Jacinto, de Mercedes, de Mari... Me dijeron que no me preocupara, que estarían en cualquier sitio, que no era la primera vez que pasaban la noche juntos. Me dijeron que los buscarían para tranquilizarme. Nada ocurrió. No dormí. Pasadas las horas, me tranquilicé, acepté el fatal presentimiento. En lo más profundo de la noche, oí algo a lo lejos, en el monte. Entonces mi corazón volvió a encogerse y grité fuerte y el llanto me salió como un torrente...

 

 

VOZ.– (Cantando dentro.)

JUAN.– Despierta, Ana Mari.

ANA MARI.– (Soñolienta.) Hace frío... ¿Qué hora es?

JUAN.– Es muy tarde; las tres o las cuatro.

ANA MARI.– ¡Debemos volver!

JUAN.– Han estado aquí.

ANA MARI.– ¿Tu familia? 

JUAN.– Sí, mientras tú dormías.

ANA MARI.– ¿No lo habrás soñado?

JUAN.– ¿No me crees, verdad?

ANA MARI.– Sí, cariño, perdona.(Se acerca a él y le abraza.) Es que como no oí nada...

JUAN.– Ya te dije que no hacen ruido.

ANA MARI.– Claro. Que tonta soy.

JUAN.– Me están esperando.

ANA MARI.– ¿Dónde?

JUAN.– Aquí mismo, en la vieja casa familiar. Tú no puedes verlos.

ANA MARI.– Es muy tarde. Debemos bajar.

JUAN.– No entiendes. Me esperan.

ANA MARI.– ¿Estás seguro? JUAN.– ¡Claro! He hablado con los tres.

ANA MARI.– (Mirando a su alrededor) Tengo miedo, Juan.

JUAN.– ¿Otra vez...? Estoy contigo.

ANA MARI.– Vámonos.

JUAN.– Me esperan. Debo ir con ellos.

ANA MARI.– ¿Ahora?

JUAN.– Sí, ahora.

ANA MARI.– ¿Y yo? JUAN.– Baja si quieres.

ANA MARI.– No quiero abandonarte.

JUAN.– Yo debo irme, ¿entiendes?

ANA MARI.– Sí... entiendo.

JUAN.– ¿Recuerdas todo lo te dije?

ANA MARI.– Eso creo, pero... ¿estás seguro?

JUAN.– Muy seguro; además debo averiguarlo.

ANA MARI.– Iré contigo.

JUAN.– Piénsalo bien.

ANA MARI.– (Le besa.) No es preciso. Mi sitio está contigo.

JUAN.– Me alegra oírtelo decir.

ANA MARI.– Es tan larga la noche...

JUAN.– Pero es bonita. Mira... la Luna ha vuelto a salir.

ANA MARI.– ¡Qué paz se respira aquí!

JUAN.– Esas luces siento que nos llaman. Las he visto aquí arriba y en mis viajes y siempre sentí que me llamaban. Las estrellas no están lejos, Ana Mari, están aquí, muy cerca; nos hablan, nos invitan a un último viaje. El día es duro, Ana Mari, nos muestra tal y como somos, con nuestras miserias, nuestras cárceles, nuestras tristezas. Por la noche todo cambia; la Luna nos llama y las estrellas tiran de nosotros hacia nuevos horizontes llenos de magia y felicidad.

ANA MARI.– Es verdad. Por la noche somos otros. Quizás sea porque necesitamos dormir, necesitamos soñar para poder seguir viviendo.

JUAN.– Cierra los ojos. Relájate. Goza de estos momentos de calma; son infinitos. Esto es felicidad...

VOZ.–

 

VOZ.–

 

(Vuelve el silencio; lo rompe el canto de un gallo en la lejanía...)

 

TELÓN